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La interminable traba de hongos

October 10th, 2009

Se anuncia a la senadora Piedad Córdoba como nominada y ganadora anticipada del Premio Nobel de la Paz en virtud del amarillismo periodístico de El Tiempo y del recurrente triunfalismo con el que los colombianos le mordemos boronitas al futuro para soñar con algo de reconocimiento; un buen día, en nuestro mundillo de ficción, Juan Pablo Montoya destrona y humilla a Michael Schumacher sin haber siquiera reposado su trasero en la silla de su primer Fórmula Uno. Ya algunos años atrás y a meses del saque inicial, la Selección Colombia se había convertido en pentacampeona mundial por el simplísimo hecho de haber cogido a Argentina en un mal día. De la misma manera, ya nos hemos embolsillado un Nobel de Medicina, un Oscar de la Academia, diecisiete Miss Universos y ocho reconocimientos al país más feliz del mundo. El ‘commander-in-chief’ del ejército más poderoso y devastador de la historia de la humanidad, que por estos días vomita toda su furia sobre los cielos de Afganistán y las estepas de Irak mientras le enseña los dientes a Irán y Corea del Norte, le arrebata de las manos el galardón a la jefe de prensa de una organización terrorista sanguinaria hasta donde es posible y se alza como símbolo ejemplarizante de la paz universal. En tono apocalíptico, la Organización Mundial de la Salud emite un comunicado anunciando el acecho de un virus aniquilador de origen porcino, el H1N1, que compromete la supervivencia de la especie humana. Se decreta la alerta de pandemia, se tipifica el estornudo como arma de destrucción masiva, los aeropuertos incorporan modernos dispositivos de detección de pañuelos mocosos y los tapabocas se extinguen de la faz de La Tierra. Un colombiano (siempre habrá un colombiano involucrado en cualquier historia) se convierte en celebridad proponiendo en televisión nacional una revolucionaria manera de usar el adminículo. El ‘hombre del tapabocas’, como le es presentado este personaje a la opinión pública, revienta las estadísticas de Facebook y YouTube, colapsa setenta y ocho servidores de Internet en cuatro continentes, es postulado para acompañar a Córdoba y Obama en la candidatura al Premio Nobel de Paz y a las dos semanas decide sumergirse nuevamente en su vida ordinaria de colchones y Transmilenios. A los colombianos nos asusta tanto la fama como nos atrae. Un año después, la aterradora cifra de la pandemia sale a la luz pública: cuatro mil muertos. Cuatro mil muertos sobre una población mundial de siete mil millones equivale a que, en un año, la ‘pandemia’ ‘exterminó’ al 0.000571% de la especie humana, una cifra chistosa si se le compara con el porcentaje de personas que en el mismo período han fallecido por cuenta de pequeñeces no pandémicas como el cáncer, el sida, la hepatitis, el estrés, el cigarrillo, el alcohol, la guerra, la delincuencia común, el aborto, el suicidio, el homicidio, el infanticidio, el magnicidio, el genocidio, los accidentes automovilísticos e, incluso, los resbalones en tina por pisada de jabón chiquito o la encarnación de uña en dedo gordo del pie con cuadro infeccioso severo. Y mientras tanto, en este mundo hiperpremiado, hiperasustado e hiperidiota, un niño muere de hambre cada siete segundos.

Llevo varios meses despertando con la inquietante sensación de que mi vida se parece cada vez más a una interminable traba de hongos.

Déjà vu

October 1st, 2009


Déjà vu from Gustavo Cerati on Vimeo.

Estúpido, y orgulloso de serlo

June 9th, 2009

Acabo de confirmar que soy un estúpido. Lo intuía, pero el dictador comunista de Venezuela despejó mis dudas. Soy un estúpido, porque desde hace diez años no he pasado un solo día sin repetirme una y otra vez la misma pregunta: ¿con qué derecho Hugo Chávez Frías despilfarra la inmensa pero ni mucho menos inagotable fortuna de los venezolanos comprando democracias limosneras como la ecuatoriana, la argentina, la boliviana y la nicaragüense, mientras su pueblo literalmente aguanta hambre al punto que una canasta de huevos o una bolsa de leche se hayan convertido en lujo?

Veo mal a los criminales de la PTJ, que dejaron inflitrar un ser humano decente -un periodista de la BBC tan estúpido como yo- al show mediático semanal del gobernante más hijo de puta que ha tenido este continente.

Deléitense viendo cómo se comporta un dictador mafioso, corrupto, ladrón e ignorante cuando se le mira a la cara.

Asesino serial

May 29th, 2009

-“¿Y si le molesta tanto ver mierda por qué no la recoge usted?”- me dice la obesa dueña del perrito maldito que acaba de cagar el jardín. Y es entonces cuando empiezo a pensar que la idea de convertirme en asesino serial quizás no es tan descabellada después de todo. Un psicópata que descuartiza perritos maricones y gordas hijas de puta. Mmm… no suena mal.

Que no se me vaya Abril

April 30th, 2009

Que no se me vaya Abril como se me fue Marzo, sin escribir y por ende sin vivir, porque escribir, así sea mediocremente, es una de las pocas cosas que me permiten recordar que aún estoy vivo. Fumar y beber también me lo recuerdan, pero escribir le hace mucho menos daño a este cuerpito mío que ya empieza a dar asomos de envejecimiento y mala administración. Que no se me vaya Abril sin quejarme por lo jodido que está el mundo en donde a usted y a mí nos tocó nacer, un mundito peor administrado que mi cuerpo y que se extingue como vela en el viento entre basura, aire tóxico, agotamiento de recursos, calientamiento global, pobreza, un cóctel a cual más de irónico de inundaciones y sed, dictadores mezquinos y asesinos, huracanes, terremotos, terrorismo, crisis económicas, despidos masivos, bancarrotas, corrupción, desidia, indiferencia, reguetón y, más recientemente, una pandemia que el cerdo menor ha decidido cederle con disimulo a su primo directo, el cerdo mayor, y que amenaza con matarnos a muchos de nosotros ahogados en nuestras propias babas.

Pero por supuesto no todas son malas noticias. Existe la gran posibilidad de que en algún lugar del mundo haya una cigueña afinando su GPS o rastreándonos por Google Maps para traernos a mi esposa, a mi hijo y a mí un encarguito que hace rato tenemos medio embolatado. Quiera Dios.

Como dijo Wilfrido Vargas: volveré.

Cavilaciones tecnológicas

February 7th, 2009

No me puedo quejar. Acudí a una tienda de Apple a llorarle al mono de la pila por mi MacBook dañado y salí con el computador reparado y lo mejor, sin pagar medio centavo. Algo sorprendente, tendiendo en cuenta que adquirí el portátil hace casi tres años y la garantía expiró hace casi dos. ¿Por qué decidieron responder? Sencillamente hay argumentos irrebatibles y funcionó expresárselos al manager de la tienda ante la negativa inicial del técnico que me atendió. Por lo visto, el manager resultó ser un tipo inteligente que sabe que un cliente vale más que los 260 dólares que costaba la reparación. Maravilloso, no quería terminar alérgico a la manzana mucho menos ahora que el futuro de Windows es negro y que además ando de idilio con el iPhone, el mejor teléfono celular inventado hasta el día de hoy.

Tengo varios vicios, uno de ellos es la tecnología, y mal haría en no rendirle tributo a este aparatico maravilloso que me cambió la vida con las muchísimas cosas que me permite hacer: averiguar el nombre de la canción que suena en el radio, el restaurante o el bar con sólo oprimir un ícono, obtener la información editorial de un libro, película o disco compacto tomándole una foto, ubicar los restaurantes más cercanos organizados por precios y tipo de comida, hacer un solo de batería con los dedos y un millón de cosas más. Por supuesto, también me permite hacer y recibir llamadas, aunque claramente eso no es lo más llamativo e interesante de este asombroso computador de bolsillo que supera en capacidad de procesamiento a toda la maraña de servidores que guiaron la misión de alunizaje del Apollo XI. Finalmente, el mercado está inundado de Nokias, Motorolas, Blackberrys, Samsungs y demás aparatejos concebidos específicamente para eso: hacer y recibir llamadas. El iPhone es otra cosa.

Algo de música para terminar…

El momento más feliz del día

January 21st, 2009

Hay días que sólo cobran sentido cuando terminan. Este fue uno de esos.

El vídeo fue capturado con celular y he decidido publicarlo tal cual como salió (una decisión muy en sintonía con la forma en la que estoy asumiendo la vida por estos tiempos), en una sola toma y sin cortes ni efectos de audio. Tampoco hubo libreto, las imágenes surgieron espontáneamente y quizás, advierto, sólo tengan valor para mí. Sin embargo, he decidido compartirlas para ver si con ello logro asesinar este largo período de impotencia creativa.

Hors-sujet:

Seguí por televisión la posesión de Obama, rodeado de compañeros de trabajo que aplaudían eufóricos y emocionados cada frase del nuevo presidente. Tuve una sensación rara, no deja de extrañarme que haya gente que aún conserve intacta la capacidad de ilusionarse.

Dolor de patria en dos episodios

December 10th, 2008

Esta noche, viendo por Internet los titulares de un noticiero colombiano, entendí que en mi país la violencia más criminal no la despliegan los terroristas de izquierda, derecha o centro, las bandas de sicarios, las pandillas, los grupos de limpieza social, la delincuencia común o las barras bravas de nuestro desarrapado fútbol. La violencia más despiadada y salvaje, la que más vejámenes, sosobra e injusticia social genera en Colombia, la produce el estado mismo. No, no me refiero a los “falsos positivos”, ni a las desapariciones y ejecuciones extra-juicio, ni a las masacres selectivas acometidas por nuestra fuerza pública, ni a los magnicidios orquestados por presidentes en proceso de incubación. Me refiero a una forma de violencia aún más vil y sanguinaria, que se ejerce taimada y solapadamente contra un pueblo entero, en especial los menos favorecidos.

Esta es la historia de un profundo dolor de patria en dos episodios.

Episodio 1: La cruda lógica ilógica del mercado.

En Houston, ciudad donde resido, el galón de gasolina se pagaba a 4 dólares por galón hace dos meses. Anoche, mi esposa pagó 1.75 dólares por galón y llenó el tanque con lo que antes a duras penas le metíamos lo de la semana. Volvió feliz a la casa, con dos bolsas llenas de comida y hasta cerveza. Vale la pena anotar que cerveza en mi nevera es un claro indicador de bienestar financiero. El comportamiento del precio del combustible, así parezca fruto de un milagro, responde a la más elemental lógica: la gasolina se obtiene de la refinación del crudo, por lo que cuando la cotización del crudo cae, el valor de la gasolina no debería tener opción diferente a caer. En efecto, así ocurre en buena parte del mundo. En Colombia, sin embargo, aunque en la bolsa el barril de petróleo alcance su nivel más bajo en años, los mafiosos que fijan el precio de la gasolina lo mantienen inmóvil jodiendo al transportador, al comerciante, al empleado, al gerente y a la madre cabeza de familia. Bajar la gasolina en simple acatamiento al comportamiento del mercado podría volver a poner en un punto accesible el valor de la bolsa de leche o la libra de carne que millones de familias no pudieron volver a comprar desde la última alza de combustible.  Sin embargo en el mío, el país más feliz del mundo,  la lógica perversa de nuestros mal-gobernantes dicta que cuando el crudo sube la gasolina sube, pero cuando el crudo baja la gasolina también sube y si estamos de buenas se queda igual y entonces hay que darles las gracias y volver a votar por ellos. Me da pena con Alvarito, en cuya defensa tantas veces me he mechoneado y dado en la jeta, pero esto se llama violencia de estado. Y pensándolo bien, violencia es un piropo. El despotismo con el que se le clavan con disimulo más y más impuestos a los colombianos no puede llamarse de manera diferente a simple y vulgar terrorismo de estado. Sigámosle echando leña a la hoguera en la que arde este país condenado a una guerra eterna.

Episodio 2: Es mejor ser malo que bueno.

Esta es la tapa. Hoy, un pelafustán que no merece apelativo diferente al de hijo de puta y que como las ratas gordas que abundan en Colombia no tiene nombre sino “alias” y su alias es Isaza, se fue con pasaje sin retorno pagado con los impuestos de esa gasolina que nunca baja a empezar una nueva y maravillosa vida junto a su manceba en la ciudad luz, París. Este, el sueño de cristal de cualquier colombiano honrado y trabajador (me incluyo), se le acaba de hacer realidad a esta cucaracha como reconocimiento del estado a su sobresaliente carrera de asesino, sembrador de minas mutila-niños, extorsionista, terrorista, ladrón, torturador, narcotraficante y secuestrador. Resulta que a último minuto y tras ejercer por años y años como verdugo honorario en un campo de concentración, Isaza decidió que en vez de “muñequiar” a un secuestrado que tenía bajo custodia mejor le iba ayudándolo a escapar para luego presentarlo como trofeo ante las autoridades y, paso seguido, terminar convertido en héroe nacional, símbolo patrio y modelo de conducta. Casi un Juanes, mejor dicho. El mensaje quedó claro: trabaje toda su vida como esclavo para sobrevivir, cuélguese en una cuota del pago de la casa y llega el estado a sacarlo a la calle a la fuerza y a darle trato de delincuente. Oponga resistencia al desalojo y lo sindican de terrorismo y lo guardan cuarenta años. La otra alternativa es que se vuelva hampón y caza recompensas de su propio crimen y verá que nuestro estado mafioso le otorga la Cruz de Boyacá, beca, casa, pasaporte y pasajes para que empiece una nueva vida en el viejo mundo. Díganme si esto no es también terrorismo de estado.

Apague y vámonos.

Un Bonham en la familia

December 7th, 2008

Muchas personas consagran parte de su vida a tratar de descubrir para qué son buenas. A algunos la vida sencillamente se les va y jamás logran averiguarlo. Otros nacen, envejecen y mueren sin siquiera preguntárselo. En mi caso personal, llevo treinta y cuatro años intentando sobresalir en algo, destacarme en cualquier arte, ciencia o disciplina, pero jamás he conseguido librarme del fantasma de la mediocridad. Prefiero abandonar y desistir antes de sentirme mediocre, siendo que la renuncia es quizás la más latente manifestación de medianía. Y aunque siento que mi vida debería transcurrir bajo el spot y no tras bambalinas, y a pesar de que llevo tres décadas intentando no volverme una persona ordinaria, no he conseguido dejar de sentirme como un carga-cables en el gran espectáculo de la vida. Sé que es cuestión de tiempo, no pierdo la fe, sigo esperando esa señal que me indique dónde se oculta aquello en lo que seré excepcionalmente bueno y no regular o apenas sobresaliente, para entonces poderle asegurar a mi vida un destino final mucho más digno que una lápida de piedra.

Todos estos sentimientos se me vinieron a la mente ayer en la recién inaugurada sección de instrumentos musicales de Best Buy, que viene siendo algo así como el mismísimo paraíso geek, un almacén de tecnología por departamentos al que alguien como yo podría entrar con un millón de dólares en el bolsillo y aún así salir con antojos insatisfechos. Espero no sonar machista al afirmar que Best Buy es al macho promedio lo que un outlet de Victoria’s Secret a la hembra promedio. El hecho es que Jacobo, quien jamás había tenido contacto físico con una batería, corrió enloquecido hacia la primera que vio, una Tama rojo sangre con dos toms de aire, uno de piso y dos platillos, tomó las baquetas con absoluta destreza, se sentó en posición perfecta con el redoblante entre las piernas y un pie estirado en cada pedal, y estremeció el lugar con un solo de percusión que dejaría pálido a John Bonham. –“¡Tómale una foto!”- atinó a decir Andrea, mientras la gente miraba y comentaba alrededor. Una a una, Jacobo fue probando todas las baterías en exhibición, castigando los tambores con furia y azotando los platillos con rabia, como sólo los buenos percusionistas de rock saben hacer. –“Papi, ¿me llevas otra vez al sitio de las baterías?”- me dijo esta mañana. Y hoy quedé incluso más impresionado que ayer. Que sí, que uno siempre sobredimensiona las capacidades de los hijos, es cierto. No voy a negar que varias veces lo he tratado de hacer parecer mejor ciclista de lo que es, mejor corredor de lo que es, mejor dibujante de lo que es (aunque sigo insistiendo en que dibuja mejor que el promedio de los niños de su edad). Pero este asunto de la batería es otra cosa: fui rockero en mis años mozos, tomé algunas lecciones de batería, tuve y aún tengo muchos amigos bateristas y puedo asegurar que independientemente de que sea mi hijo, Jacobo tiene una conexión especial con los tambores. Les pega con rabia, y eso me gusta. Tiene ritmo, mucho ritmo, y tras un sencilla instrucción ya hoy logró independizar el movimiento de pies y manos. Uno de los vendedores se acercó y se ofreció a dictarle clases.

Por un precio no muy superior al de una consola de videojuegos, estamos considerando seriamente echarle Liquid Paper a la lista de regalos del Niño Dios. Y que los vecinos no se preocupen, las baterías ahora son digitales, caben en una maleta grande y tienen entrada para audífonos.

Dos años tomándonos el mundo

November 8th, 2008

Este blog cumplió tres años, el Vlog-Internacional dos. Este blog no celebró su aniversario, el Vlog-Internacional sí.

Un saludo a todos mis compañeros de tan maravilloso proyecto.

Yo, y la derrota de Obama

October 29th, 2008

La lista

October 25th, 2008

Mantener el trabajo en la compañía que me trajo a Estados Unidos, la que tantas alegrías y satisfacciones me ha dejado, la que tanto me ha enseñado de la vida, de la profesión y de mí mismo, de lo que soy capaz y de lo que no, de lo que sé y de lo que debo aprender, esa compañía que hace unos meses se propuso hacerse líder del mercado local y desde entonces se agita y convulsiona, muta y se sacude, salta y corcovea como un potro salvaje del que me aferro con todas las fuerzas para no caer y que en su frenesí avanza y retrocede, resbala, vuelve a avanzar y trepa la cuesta, conmigo encima. Mantener mi empresa a flote, la que defino y quiero como a otro hijo. Bueno, mi empresa hace años aprendió a flotar, la tarea más bien se centra en alimentarla para que siga creciendo. Alimentarla de ideas frescas, de gente nueva, buena y productiva, de gente alegre y dispuesta, de gente que no permita que nada se anteponga entre ella y sus sueños, de gente que jamás se anteponga entre los demás y sus propios sueños, de gente sincera, honesta y limpia, de gente paciente pero expectante, serena pero insaciable. Alimentarla de buen ánimo, de excelente actitud, de compromiso y rigor profesional, de pulcritud, dedicación y esfuerzo, de clientes exigentes y satisfechos, de proyectos y retos. Quiero dinero, mucho dinero, lo digo honestamente, me encanta la vil plata como le encanta a todo ser humano y el que lo niegue es un mentiroso, trabajo catorce horas del día para conseguirla y no veo la hora de tenerla por montones para despilfarrarla con los seres que amo e inundarlos de tranquilidad, para que puedan dedicar más tiempo a satisfacerse a sí mismos y menos a congraciar a los demás, para que nunca más tengan noches de desvelo y de maldita preocupación. Mi empresa, que es mitad mía y mitad de esa persona que a la vez es mi mitad, me tiene que ayudar a reunirla. Quiero estudiar mucho, aprender por montones, debo presentar un examen a final de año y necesito aprobarlo para obtener una acreditación LEED-CI y volverme parte de esa parte del mundo que se quema las neuronas para que el planeta deje de ser el basurero en el que se convirtió por culpa de nuestros abuelos, nuestros papás y nosotros mismos. Que el LEED es un negocio, critican algunos. Por supuesto que lo es, y qué bueno que lo sea, no tendría futuro de otra manera. Por lo demás, tras siglos y siglos de despotismo religioso y político, ya era hora que una verdadera buena causa se volviera fuente de riqueza. Me siento en el deber moral de ser honesto nuevamente y confesar que no extraño particularmente mi país. No extraño sus paisajes y sus montañas tanto como los extrañé en otros momentos de mi vida. He logrado sobrevivir sin la morcilla, los fríjoles antioqueños y la mazorca salada que tanto me gustaban. La Colombiana y la papa criolla perdieron su encanto cuando supe que se conseguían acá y ya me son indiferentes. Algo parecido me ocurrió con el Chocorramo y los Coffee Delight. La taza de café colombiano que me tomo en la oficina cada mañana no sabe mejor o peor que cualquier café que haya probado en Bogotá, pero sí puedo decir que la maquinita que lo prepara se tarda cinco minutos menos en tenérmelo listo que mi cafetera de allá, y además me deja una deliciosa capa de espuma en la superficie con la que juego entre sorbo y sorbo. Extraño las hamburguesas de El Corral, pero no lo suficiente como para tomar un avión. Pero la ausencia de mis padres, en cambio, se siente como mil agujas que me atraviesan el corazón, cada una un millón de veces por segundo. Las he contado. Por ellos, sólo por ellos (y bueno, está bien, para no sonar apátrida diré que también por los paisajes, las montañas y todo lo demas) sé que voy a volver pronto, así sea por un tiempo. Pero quiero volver con otra cara, con otra actitud y en circunstancias muy diferentes, para poder mirar por encima del hombro a quienes desde el suyo me miraron alguna vez.

- “¿Crees que voy a poder con todo esto, mamá?”

- “No lo dudo ni por un instante”, me contesta ella.

Cuelgo el teléfono, y sigo trabajando.