Lo sé, lo sé, tengo abandonado el chuzo. Sabía que eso ocurriría cuando me reencontrara con mi familia, cosa que finalmente ocurrió hace exactamente tres semanas y tres días. Y también ocurrió que se cumplió mi profesía al pie de la letra y abandoné el chuzo una vez que mi esposa y mi hijo pusieron sus pies en este horno con autopistas llamado Houston y regreso a él porque una fiel cliente de la casa me reclamó por las telarañas y por la capa de polvo y por no haberle contado mis novedades a ella y a los anónimos visitantes del blog que generosa e incondicionalmente me acompañaron durante estos meses de soledad.
Ofrezco disculpas y procedo a hacerlo.
Pues resulta que el miércoles aquel trabajé hasta las once de la mañana y después me fui perfumadito y emperifolladito a recoger a mi familia al aeropuerto Bush, cuyo sólo nombre me asusta, y al llegar al parqueadero un gringo de cuatrocientas libras me anunció que no había puesto para mí y que no tenía más remedio que estacionarme en el terminal A y tomar un tren que me devolviera a mi destino, el terminal C. Mierda, ahora resulta que en gringolandia los aeropuertos tienen tren. No me joda, en Bogotá a duras penas tenemos aeropuerto. Maneje, parquee, mire el reloj, corra como loco, sude como caballo, putee como siempre, móntese al puto tren, bájese del puto tren, mire el reloj, corra como loco, sude como caballo, putee como siempre, pregunte, vuelva a preguntar, mire el reloj, suba las escaleras, baje las escaleras y de repente ahí estaban, mi esposa, mi hijo y cuatro maletas, esperándome. El abrazo, el beso, la lágrima, el moco, Jacobo que me miraba como diciéndose muy dentro de sí “yo a este man lo conozco” y Andrea que me miraba como preguntándose si habrá valido la pena venir por este flaco sudoroso y lloricón que llegaba tarde a la cita más importante de su vida y que la palpaba con movimientos frenéticos para confirmar si era real.
Y desde entonces hemos ido reconstruyendo de a pocos nuestra vida familiar y me he dado a la tarea de reconquistar el territorio perdido en el universo afectivo de mi hijo, con resultados hasta ahora más que buenos. -”Mi papito es hermoso”-, me ha dicho varias veces con esa forma sublime que tiene de hablar (para él las cosas no son lindas, son hermosas), mientras me aprieta para que no me le vuelva a escapar y me da besos babosos en la mejilla. Jacobo me quiere. A pocos días del reencuentro, mi jefe nos invitó a Chicago y tuvimos el que ha sido, sin lugar a dudas, el mejor o uno de los mejores fines de semana de nuestras vidas, sumergidos en la arquitectura espectacular de Mies Van Der Rohe, Frank Gehry, Philip Johnson y Helmuy Jahn, genios a los que hasta entonces sólo había contemplado en las páginas esmaltadas de los libros de Taschen. Jacobo no fue a Chicago, la invitación no incluía hijos, él se quedó feliz con la hija de mi parce en estas tierras mientras sus papás jugábamos al jet-set durmiendo en un hotel fancy de trescientos dólares la noche, comiendo calamares en restaurantes del downtown sin preocuparnos por la cuenta y bebiendo martinis a noventa y seis pisos de la realidad. Buena luna de miel después de haber comido tanta mierda. Y una noche, mientras nos transportaban en van a un restaurante, Andrea señaló por la ventana a alguien que paseaba un golden retriever y me dijo -“mira, ese es un amigo tuyo de Facebook”-. Andrea y sus ocurrencias, como si fuera posible encontrarse un amigo de Facebook en una ciudad de diez millones de habitantes. Y entramos al restaurante, a la segunda copa de vino me levanto al baño y el amigo de Facebook que Andrea había visto por la ventana de la van me llama desde la barra. -”Esto no puede ser posible”-, pienso. Mi amigo de Facebook es Felipe, un amigo de infancia, compañero de colegio al que no veía hace más de diez años, quien por cierto departía con Sergio, otro amigo de Facebook, infancia y colegio al que no veía hace igual cantidad de años o incluso más. Y charlamos un ratico tratando de compilar diez años en diez minutos, intercambiamos teléfonos y dijimos hasta pronto, yo lo llamo, tenemos que vernos, se cuida. Y volví a la mesa ante la mirada atónita de mis acompañantes, colegas del trabajo, que no podían creer que tras mi apariencia tímida y reservada se ocultara un tipo tan tremendamente popular. Si supieran que nunca me encuentro a nadie, en ningún lugar, que a mis fiestas de cumpleaños no van más de cuatro gatos, o tres, desde que se murió el gato más gordo, si supieran que a veces pasan semanas sin que a mi celular le suene el timbre… Y justo antes de abandonar la ciudad más del putas que he conocido (la falta de mundo me tiene jodido), nos le apuntamos a un viaje en metro y ocurre la segunda coincidencia más asombrosa, nos encontramos con Mafe, mi amiga blogger, con la que sólo me he visto tres veces, cada una de ellas en una cuidad diferente. Ya nos pusimos cita en Kuala Lumpur.
Esta historia continuará, a medida que el tiempo la vaya escribiendo y logre sonsacarle tiempo a mi falta de tiempo.