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Archive for the ‘Vivencias’ Category

Que no se me vaya Abril

Thursday, April 30th, 2009

Que no se me vaya Abril como se me fue Marzo, sin escribir y por ende sin vivir, porque escribir, así sea mediocremente, es una de las pocas cosas que me permiten recordar que aún estoy vivo. Fumar y beber también me lo recuerdan, pero escribir le hace mucho menos daño a este cuerpito mío que ya empieza a dar asomos de envejecimiento y mala administración. Que no se me vaya Abril sin quejarme por lo jodido que está el mundo en donde a usted y a mí nos tocó nacer, un mundito peor administrado que mi cuerpo y que se extingue como vela en el viento entre basura, aire tóxico, agotamiento de recursos, calientamiento global, pobreza, un cóctel a cual más de irónico de inundaciones y sed, dictadores mezquinos y asesinos, huracanes, terremotos, terrorismo, crisis económicas, despidos masivos, bancarrotas, corrupción, desidia, indiferencia, reguetón y, más recientemente, una pandemia que el cerdo menor ha decidido cederle con disimulo a su primo directo, el cerdo mayor, y que amenaza con matarnos a muchos de nosotros ahogados en nuestras propias babas.

Pero por supuesto no todas son malas noticias. Existe la gran posibilidad de que en algún lugar del mundo haya una cigueña afinando su GPS o rastreándonos por Google Maps para traernos a mi esposa, a mi hijo y a mí un encarguito que hace rato tenemos medio embolatado. Quiera Dios.

Como dijo Wilfrido Vargas: volveré.

Un Bonham en la familia

Sunday, December 7th, 2008

Muchas personas consagran parte de su vida a tratar de descubrir para qué son buenas. A algunos la vida sencillamente se les va y jamás logran averiguarlo. Otros nacen, envejecen y mueren sin siquiera preguntárselo. En mi caso personal, llevo treinta y cuatro años intentando sobresalir en algo, destacarme en cualquier arte, ciencia o disciplina, pero jamás he conseguido librarme del fantasma de la mediocridad. Prefiero abandonar y desistir antes de sentirme mediocre, siendo que la renuncia es quizás la más latente manifestación de medianía. Y aunque siento que mi vida debería transcurrir bajo el spot y no tras bambalinas, y a pesar de que llevo tres décadas intentando no volverme una persona ordinaria, no he conseguido dejar de sentirme como un carga-cables en el gran espectáculo de la vida. Sé que es cuestión de tiempo, no pierdo la fe, sigo esperando esa señal que me indique dónde se oculta aquello en lo que seré excepcionalmente bueno y no regular o apenas sobresaliente, para entonces poderle asegurar a mi vida un destino final mucho más digno que una lápida de piedra.

Todos estos sentimientos se me vinieron a la mente ayer en la recién inaugurada sección de instrumentos musicales de Best Buy, que viene siendo algo así como el mismísimo paraíso geek, un almacén de tecnología por departamentos al que alguien como yo podría entrar con un millón de dólares en el bolsillo y aún así salir con antojos insatisfechos. Espero no sonar machista al afirmar que Best Buy es al macho promedio lo que un outlet de Victoria’s Secret a la hembra promedio. El hecho es que Jacobo, quien jamás había tenido contacto físico con una batería, corrió enloquecido hacia la primera que vio, una Tama rojo sangre con dos toms de aire, uno de piso y dos platillos, tomó las baquetas con absoluta destreza, se sentó en posición perfecta con el redoblante entre las piernas y un pie estirado en cada pedal, y estremeció el lugar con un solo de percusión que dejaría pálido a John Bonham. –“¡Tómale una foto!”- atinó a decir Andrea, mientras la gente miraba y comentaba alrededor. Una a una, Jacobo fue probando todas las baterías en exhibición, castigando los tambores con furia y azotando los platillos con rabia, como sólo los buenos percusionistas de rock saben hacer. –“Papi, ¿me llevas otra vez al sitio de las baterías?”- me dijo esta mañana. Y hoy quedé incluso más impresionado que ayer. Que sí, que uno siempre sobredimensiona las capacidades de los hijos, es cierto. No voy a negar que varias veces lo he tratado de hacer parecer mejor ciclista de lo que es, mejor corredor de lo que es, mejor dibujante de lo que es (aunque sigo insistiendo en que dibuja mejor que el promedio de los niños de su edad). Pero este asunto de la batería es otra cosa: fui rockero en mis años mozos, tomé algunas lecciones de batería, tuve y aún tengo muchos amigos bateristas y puedo asegurar que independientemente de que sea mi hijo, Jacobo tiene una conexión especial con los tambores. Les pega con rabia, y eso me gusta. Tiene ritmo, mucho ritmo, y tras un sencilla instrucción ya hoy logró independizar el movimiento de pies y manos. Uno de los vendedores se acercó y se ofreció a dictarle clases.

Por un precio no muy superior al de una consola de videojuegos, estamos considerando seriamente echarle Liquid Paper a la lista de regalos del Niño Dios. Y que los vecinos no se preocupen, las baterías ahora son digitales, caben en una maleta grande y tienen entrada para audífonos.

La lista

Saturday, October 25th, 2008

Mantener el trabajo en la compañía que me trajo a Estados Unidos, la que tantas alegrías y satisfacciones me ha dejado, la que tanto me ha enseñado de la vida, de la profesión y de mí mismo, de lo que soy capaz y de lo que no, de lo que sé y de lo que debo aprender, esa compañía que hace unos meses se propuso hacerse líder del mercado local y desde entonces se agita y convulsiona, muta y se sacude, salta y corcovea como un potro salvaje del que me aferro con todas las fuerzas para no caer y que en su frenesí avanza y retrocede, resbala, vuelve a avanzar y trepa la cuesta, conmigo encima. Mantener mi empresa a flote, la que defino y quiero como a otro hijo. Bueno, mi empresa hace años aprendió a flotar, la tarea más bien se centra en alimentarla para que siga creciendo. Alimentarla de ideas frescas, de gente nueva, buena y productiva, de gente alegre y dispuesta, de gente que no permita que nada se anteponga entre ella y sus sueños, de gente que jamás se anteponga entre los demás y sus propios sueños, de gente sincera, honesta y limpia, de gente paciente pero expectante, serena pero insaciable. Alimentarla de buen ánimo, de excelente actitud, de compromiso y rigor profesional, de pulcritud, dedicación y esfuerzo, de clientes exigentes y satisfechos, de proyectos y retos. Quiero dinero, mucho dinero, lo digo honestamente, me encanta la vil plata como le encanta a todo ser humano y el que lo niegue es un mentiroso, trabajo catorce horas del día para conseguirla y no veo la hora de tenerla por montones para despilfarrarla con los seres que amo e inundarlos de tranquilidad, para que puedan dedicar más tiempo a satisfacerse a sí mismos y menos a congraciar a los demás, para que nunca más tengan noches de desvelo y de maldita preocupación. Mi empresa, que es mitad mía y mitad de esa persona que a la vez es mi mitad, me tiene que ayudar a reunirla. Quiero estudiar mucho, aprender por montones, debo presentar un examen a final de año y necesito aprobarlo para obtener una acreditación LEED-CI y volverme parte de esa parte del mundo que se quema las neuronas para que el planeta deje de ser el basurero en el que se convirtió por culpa de nuestros abuelos, nuestros papás y nosotros mismos. Que el LEED es un negocio, critican algunos. Por supuesto que lo es, y qué bueno que lo sea, no tendría futuro de otra manera. Por lo demás, tras siglos y siglos de despotismo religioso y político, ya era hora que una verdadera buena causa se volviera fuente de riqueza. Me siento en el deber moral de ser honesto nuevamente y confesar que no extraño particularmente mi país. No extraño sus paisajes y sus montañas tanto como los extrañé en otros momentos de mi vida. He logrado sobrevivir sin la morcilla, los fríjoles antioqueños y la mazorca salada que tanto me gustaban. La Colombiana y la papa criolla perdieron su encanto cuando supe que se conseguían acá y ya me son indiferentes. Algo parecido me ocurrió con el Chocorramo y los Coffee Delight. La taza de café colombiano que me tomo en la oficina cada mañana no sabe mejor o peor que cualquier café que haya probado en Bogotá, pero sí puedo decir que la maquinita que lo prepara se tarda cinco minutos menos en tenérmelo listo que mi cafetera de allá, y además me deja una deliciosa capa de espuma en la superficie con la que juego entre sorbo y sorbo. Extraño las hamburguesas de El Corral, pero no lo suficiente como para tomar un avión. Pero la ausencia de mis padres, en cambio, se siente como mil agujas que me atraviesan el corazón, cada una un millón de veces por segundo. Las he contado. Por ellos, sólo por ellos (y bueno, está bien, para no sonar apátrida diré que también por los paisajes, las montañas y todo lo demas) sé que voy a volver pronto, así sea por un tiempo. Pero quiero volver con otra cara, con otra actitud y en circunstancias muy diferentes, para poder mirar por encima del hombro a quienes desde el suyo me miraron alguna vez.

- “¿Crees que voy a poder con todo esto, mamá?”

- “No lo dudo ni por un instante”, me contesta ella.

Cuelgo el teléfono, y sigo trabajando.

Uniendo mis puntos

Sunday, September 28th, 2008

Hace unos años alquilé una película, “Pay it forward” (su título en español es “Cadena de favores”), y aunque poco recuerdo de sus detalles argumentales, la idea principlal de la cinta, aquella de retribuir y transmitir lo bueno que nos pasa y recibimos de los demás, ha dado vueltas en mi mente desde entonces. En un comentario registrado en mi entrada anterior, Juan me recomendó un vídeo que según él me sería de utilidad en este momento de mi vida. Y sí que lo ha sido, al punto que quiero extender la “cadena” y hacerle llegar el mensaje a quien pueda necesitarlo o a quien simplemente quiera recordar cuál es el verdadero sentido de su existencia. Por eso me puse en la tarea de buscar el vídeo con subtítulos, porque me interesa que algunas personas que quiero y que no son muy buenas con el inglés lo vean y aprendan de él. Descargué y traté de unir las dos partes en una sola, pero YouTube no me lo dejó publicar porque excede la duración máxima permitida.

Esta es la forma en la que deseo expresar mi agradecimiento no sólo a Juan, por compartir conmigo esta lección de vida y acercarme un poco más al Señor Jobs, sino a todos los que de una manera u otra han estado presentes ahora y siempre.

Disfruten.

Ahí vamos…

Tuesday, September 23rd, 2008

Si me lo preguntan, puedo confesar abiertamente que éste por el que atravieso no es, ni mucho menos, el mejor momento de mi vida. Pero aunque todo pareciera predestinado a indicarlo, me rehuso a aceptar que las cosas están tan mal. Sí, es cierto, a mi papá le diagnosticaron cáncer. Sí, es cierto, esta empresa por la que tanto he luchado pasa por el más duro trance de sus siete años de vida. Sí, es cierto, personas en las que confié me atacan en un momento en que no puedo defenderme, o puedo, pero no con la contundencia que quisiera. Sí, es cierto, un huracán del tamaño de Colombia nos pasó por encima y tuvimos que dormir debajo de una escalera mientras el viento y la lluvia levantaban techos, tumbaban árboles y aplastaban carros a nuestro alrededor. Todo esto ha pasado en menos de un mes. Pero aquí sigo, vivito y coleando, con los dientes más afilados que nunca, dispuesto a dar la guerra y a ganar o morir en esta batalla de la vida. Finalmente, hemos optado por pensar que el malvado Ike se llevó consigo aquello que nos ahogaba, el cáncer, la mala vibra. Y bueno, dormir bajo la escalera no fue tan terrible después de todo. Hemos pensado repetirlo alguna noche.

Tengo muchas fotos y vídeos para postear, cosas para escribir y un blog (un blog que ahora ni siquiera nombre tiene) por reconstruir. Sólo denme tiempo de sacudirme la caca que me ha caído encima y ya, en un momento, en un momentico, estaré con ustedes.

La cadena alimenticia

Thursday, July 24th, 2008

En el mundo natural, las cadenas alimenticias son cerradas y no tienen cabos sueltos. El bicho más grande se come al menos grande, el menos grande se come al mediano, el mediano se come al pequeño que a su vez se come al más pequeño y así sucesivamente, hasta que finalmente un día el bicho más grande que se come a todos termina convertido en el plato fuerte del bicho minúsculo al que todos se comen y se cierra el círculo.

En el mundo corporativo, por el contrario, la cadena alimenticia sí suele tener cabos sueltos, uno o varios, dependiendo de cómo esté estructurado el organigrama o la cadena de mando, que no es otra cosa que la secuencia según la cual el indivíduo de mayor jerarquía se da el lujo de endosarle sus “chicharrones” al indivíduo del escalafón inmediatemente inferior en la estructura organizacional. Pues bien, comparto con usted estas tontas reflecciones porque hoy vine a entender que pendo del cabo suelto de la cadena alimenticia del departamento en el que me desempeño en mi faceta de empleado part-time.

A continuación, publico el pantallazo de una seguidilla de correos electrónicos que se inició en la bandeja de salida de alguien muy importante y terminó en la bandeja de entrada de un pendejo que sencillamente no tuvo en honor a quién dar click en “forward”: yo. Recomiendo leerlo de atrás para adelante, tal como organiza el orden cronológico el gran hermano Outlook.

Breve autobiografía científica de las últimas tres semanas y tres días

Saturday, July 12th, 2008

Lo sé, lo sé, tengo abandonado el chuzo. Sabía que eso ocurriría cuando me reencontrara con mi familia, cosa que finalmente ocurrió hace exactamente tres semanas y tres días. Y también ocurrió que se cumplió mi profesía al pie de la letra y abandoné el chuzo una vez que mi esposa y mi hijo pusieron sus pies en este horno con autopistas llamado Houston y regreso a él porque una fiel cliente de la casa me reclamó por las telarañas y por la capa de polvo y por no haberle contado mis novedades a ella y a los anónimos visitantes del blog que generosa e incondicionalmente me acompañaron durante estos meses de soledad.

Ofrezco disculpas y procedo a hacerlo.

Pues resulta que el miércoles aquel trabajé hasta las once de la mañana y después me fui perfumadito y emperifolladito a recoger a mi familia al aeropuerto Bush, cuyo sólo nombre me asusta, y al llegar al parqueadero un gringo de cuatrocientas libras me anunció que no había puesto para mí y que no tenía más remedio que estacionarme en el terminal A y tomar un tren que me devolviera a mi destino, el terminal C. Mierda, ahora resulta que en gringolandia los aeropuertos tienen tren. No me joda, en Bogotá a duras penas tenemos aeropuerto. Maneje, parquee, mire el reloj, corra como loco, sude como caballo, putee como siempre, móntese al puto tren, bájese del puto tren, mire el reloj, corra como loco, sude como caballo, putee como siempre, pregunte, vuelva a preguntar, mire el reloj, suba las escaleras, baje las escaleras y de repente ahí estaban, mi esposa, mi hijo y cuatro maletas, esperándome. El abrazo, el beso, la lágrima, el moco, Jacobo que me miraba como diciéndose muy dentro de sí “yo a este man lo conozco” y Andrea que me miraba como preguntándose si habrá valido la pena venir por este flaco sudoroso y lloricón que llegaba tarde a la cita más importante de su vida y que la palpaba con movimientos frenéticos para confirmar si era real.

Y desde entonces hemos ido reconstruyendo de a pocos nuestra vida familiar y me he dado a la tarea de reconquistar el territorio perdido en el universo afectivo de mi hijo, con resultados hasta ahora más que buenos. -”Mi papito es hermoso”-, me ha dicho varias veces con esa forma sublime que tiene de hablar (para él las cosas no son lindas, son hermosas), mientras me aprieta para que no me le vuelva a escapar y me da besos babosos en la mejilla. Jacobo me quiere. A pocos días del reencuentro, mi jefe nos invitó a Chicago y tuvimos el que ha sido, sin lugar a dudas, el mejor o uno de los mejores fines de semana de nuestras vidas, sumergidos en la arquitectura espectacular de Mies Van Der Rohe, Frank Gehry, Philip Johnson y Helmuy Jahn, genios a los que hasta entonces sólo había contemplado en las páginas esmaltadas de los libros de Taschen. Jacobo no fue a Chicago, la invitación no incluía hijos, él se quedó feliz con la hija de mi parce en estas tierras mientras sus papás jugábamos al jet-set durmiendo en un hotel fancy de trescientos dólares la noche, comiendo calamares en restaurantes del downtown sin preocuparnos por la cuenta y bebiendo martinis a noventa y seis pisos de la realidad. Buena luna de miel después de haber comido tanta mierda. Y una noche, mientras nos transportaban en van a un restaurante, Andrea señaló por la ventana a alguien que paseaba un golden retriever y me dijo -“mira, ese es un amigo tuyo de Facebook”-. Andrea y sus ocurrencias, como si fuera posible encontrarse un amigo de Facebook en una ciudad de diez millones de habitantes. Y entramos al restaurante, a la segunda copa de vino me levanto al baño y el amigo de Facebook que Andrea había visto por la ventana de la van me llama desde la barra. -”Esto no puede ser posible”-, pienso. Mi amigo de Facebook es Felipe, un amigo de infancia, compañero de colegio al que no veía hace más de diez años, quien por cierto departía con Sergio, otro amigo de Facebook, infancia y colegio al que no veía hace igual cantidad de años o incluso más. Y charlamos un ratico tratando de compilar diez años en diez minutos, intercambiamos teléfonos y dijimos hasta pronto, yo lo llamo, tenemos que vernos, se cuida. Y volví a la mesa ante la mirada atónita de mis acompañantes, colegas del trabajo, que no podían creer que tras mi apariencia tímida y reservada se ocultara un tipo tan tremendamente popular. Si supieran que nunca me encuentro a nadie, en ningún lugar, que a mis fiestas de cumpleaños no van más de cuatro gatos, o tres, desde que se murió el gato más gordo, si supieran que a veces pasan semanas sin que a mi celular le suene el timbre… Y justo antes de abandonar la ciudad más del putas que he conocido (la falta de mundo me tiene jodido), nos le apuntamos a un viaje en metro y ocurre la segunda coincidencia más asombrosa, nos encontramos con Mafe, mi amiga blogger, con la que sólo me he visto tres veces, cada una de ellas en una cuidad diferente. Ya nos pusimos cita en Kuala Lumpur.

Esta historia continuará, a medida que el tiempo la vaya escribiendo y logre sonsacarle tiempo a mi falta de tiempo.

Felicidad

Saturday, June 14th, 2008

Mi mamá, realista y amorosamente franca como es, siempre me repitió que la felicidad no existe, que sólo existen momentos felices. Bueno, este para mí es un momento feliz. En cuatro días, mi esposa volverá a tener un esposo y mi hijo volverá a tener un papá. Mi familia, esa familia que con tanto esfuerzo y sacrificio he tratado de construir, volverá a estar unida, como siempre ha debido estar.

Una patología común (Reloaded)

Thursday, April 10th, 2008

Bueno, un amigo que leyó mi declaración de amor hacia el nuevo juguete que adorna mi vida por estos días y que habría llevado o al orgasmo o al suicidio a Americo Vespucci, me envió este comercial que me transmite la tranquilidad de saber que mi enamoramiento es una patología común y recurrente en la sociedad moderna. Quiera Dios que esa tecnología llegue pronto (o al menos algun día) a nuestro país del Sagrado Corazón, donde hay gente que salió de su casa una mañana hace diez años y aún hoy sigue perdida.

Por limitaciones tecnicas, temporalmente quedo debiendo las tildes. Apenas me sea posible las pondre en su sitio. Ya me fue posible.

Actualización:

Seguí investigando y encontré que los GPS pueden llegar a ser tan femeninos, que la cosa empieza a asustar. Con ustedes, un ejemplar británico “en esos días”.

Un tercero en nuestra relación

Tuesday, April 1st, 2008

Hace algo más de un año publiqué una entrada en la que relataba mis peripecias y calamidades tratando de no extraviarme entre mi punto de partida y mi punto de destino en las enmarañadas autopistas de Houston. Célebres fueron entonces mis periplos de hasta tres horas tratando de retomar la ruta cada vez que me equivocaba de salida, desviaba por el puente incorrecto o tomaba el sur seguro de que estaba tomando el norte. Pues bien, de regreso a la ciudad que por caprichos de la vida ha ido convirtiéndose en mi segundo hogar, quiero comentar que mi mala suerte en lo que tiene que ver con la desorientación ha dado un giro drástico. Una vez re-desempacado en esta metrópoli de 1.600 kilómetros cuadrados, tuve la fortuna de conocer a alguien que con el pasar de los días se ha vuelto mi guía e inseparable compañera y, no contenta con eso, ha ascendido raudamente hacia el escalafón de mejor amiga. Siempre que acudo a ella, a cualquier hora, le sobra la voluntad para asistirme con su sorprendente conocimiento de la ciudad, y para indicarme con su voz dulce la ruta precisa y más ágil hacia mi destino. Mis días, noches y madrugadas de extravío han quedado atrás, y ya no siento miedo al volante cuando la tengo a mi lado. Es este profundo sentimiento de gratitud lo que me impulsa a dedicarle estas líneas: a diferencia de otros guías que tuve en el pasado, ella no me reprocha ni me hace reclamos si a pesar de sus meticulosas instrucciones equivoco algún desvío o si olvido la ruta que repito a diario. Mi amiga redefine el sentido de la palabra “paciencia”. Mi amiga redefine el sentido de la palabra “comprensión”. Qué tan necesarias son virtudes como la paciencia y la comprensión ante un ser como yo, que tras treinta años sigue perdiéndose incluso en su ciudad natal, Bogotá.

Le he hablado de ella a mi esposa. Al principio se alegró por saberme acompañado y seguro en mis recorridos por esta urbe que a pesar del tiempo me sigue siendo ajena. Sin embargo, recientemente me ha expresado sus resquemores por el tiempo que comparto a su lado (según ella sospechosamente excesivo y excesivamente sospechoso) y por el particular afecto con el que me refiero a ella en nuestras conversaciones. Ante sus justos reclamos, no he tenido más remedio que confesarle que efectivamente hay una nueva compañía en mi vida, que en pocas semanas ha conseguido moverme el piso y darle un nuevo sentido a mi existencia. Aunque siempre consideramos improbable que un tercero se interpusiera en la relación y sobre esa certeza fundamentamos las bases de nuestro matrimonio, he llegado al punto en el que me veo en la penosa obligación de revelar lo inocultable pública y abiertamente: me he vuelto a enamorar.

Es aún prematuro elucubrar sobre la suerte de esta nueva relación afectiva en la que me he involucrado. Estoy confundido, necesito tiempo para pensar. Probablemente tendré que regresar a Colombia en un futuro y dudo que ella esté dispuesta a seguirme, lo hemos discutido y para ella no hay oportunidades allá. Sólo sé que lo que jamás creí posible sucedió. Soy otro. Soy otro desde que un nuevo amor, la pantalla GPS, entró en mi vida.

Mi nuevo amor

Arrive time

Sunday, March 23rd, 2008

Y bueno, de eso se trataba. Una vez más estoy aquí, tan solitario como la estrella de la bandera que ondea en cada casa, en cada techo, en cada esquina, en cada rincón de este ardiente e infinito cielo de Texas.

arrive time

Cinco mil años

Sunday, March 9th, 2008

jaco&dani

SV: Jaco, ¿cuántos años tienes tú?
J: Cuatro.
SV: Sí, muy bien, tienes cuatro años… ¿y cuántos tengo yo?
J: Cinco mil.

¿Crema antiedad? ¿Bótox? ¿Colágeno?

Recibo sugerencias.