La muerte de un año Es definitivo. El año se está …
Friday, December 30th, 2005Lo bonito.
Sin duda alguna, lo mejor que me deja este año es haberme permitido disfrutar de mi hijo trescientos sesenta y cinco días seguidos, con sus noches, haberlo visto crecer y vivir esa maravillosa transformación que lo convirtió de bebé a niño. Este año aprendió a gatear, luego a caminar y a correr, a balbucear sus primeras palabras, a decir “mamá” y “papá”, luego “Coke” (me salió bilingüe de fábrica) y después vocablos más complejos, a expresar sus emociones y necesidades, a dar besos, a lanzarse desde el rodadero por su propia cuenta, a patear el balón, a impulsarse con su camioncito de bomberos, a usar los cubiertos. Entró al jardín infantil, consiguió sus primeros amigos y hasta una novia que se llama Margarita y que le da la mano para entrar al salón de clase, fue a su primera piñata y dio su primer regalo, aprendió a meter su disco de “Barney” en el equipo de sonido, hacerlo sonar y ponerse a bailar, también a dar las gracias, a saludar y a despedirse. Este año usó por primera vez una crayola y me hizo un dibujo. Y Dios le regaló salud, y eso fue lo mejor de todo. Y lo bendijo con la fastuosa capacidad de hacerse objeto de amor a donde quiera que llega.
El año también me permitió consolidar un hogar. Querer a una mujer que me quiere. Entender la importancia de pelear menos y discutir más. Las noches de rumba de otrora se convirtieron en jornadas nocturnas de vida en familia. Yo que me declaraba un rumbero de tiempo completo aprendí que la noche del viernes sirve para mucho más que tomar trago. No quiero que los solteros se asusten. Casarse y tener un hijo no significa volverse aburrido. Implica adquirir la capacidad de ver más allá de lo evidente y entender que la vida es una secuencia de ciclos y que de aprender a cerrarlos depende el alcanzar la madurez. Y la verdadera felicidad. Por supuesto que todavía rumbeo y me tomo mis tragos. Y lo disfruto mucho más ahora que cuando era una actividad mecánica que sólo me dejaba la billetera vacía y un terrible dolor de cabeza al día siguiente.
No sólo logré mantener mi empresa a flote. Adquirí experiencia y un cierto nombre en el medio en el que me muevo, conseguí nuevos clientes en Colombia y en el exterior y me abrí horizontes que en el pasado me parecían un sueño. Superé muchas dificultades que surgieron en el camino. Todo el que tenga alguna relación con el diseño sabe que éste es un medio jodido, y que lo jodimos nosotros mismos, los diseñadores, porque lo dejamos bastardear con criterios mercantilistas al no hacernos respetar como gremio. Pero la lucha continúa y hay muchas luces que me esperan al final del túnel. He conocido gente valiosa, activa, llena de empuje. He establecido contactos que me serán muy útiles en el futuro que está por llegar. Hace tres años tomé una de las decisiones más importantes y atrevidas de mi vida: opté por la independencia y no me pienso echar para atrás.
¿Qué más cosas positivas me deja este año? Muchas. Muchísimas. Pero sólo quiero remitirme a unas cuántas más y resumirlas en unas pocas líneas. Me convertí en tío y en padrino, consecutivamente: nació Felipe, mi sobrino y ahijado, un niño que está destinado a ser el mejor amigo y aliado incondicional de Jacobo. Después de un intento fallido, conseguí la Visa de entrada al gran coloso del norte. Hace unos años me la negaron y pensé que la vida se me acababa, pues de aquel codiciado papelito dependía lo que en ese momento consideraba era mi futuro. -“De Dios estará, él sabe cómo hace las cosas”- me dijo entonces mi mamá en un poco efectivo intento de consuelo. Cuánta razón tenía. Si no me hubieran negado la Visa en aquel momento, no compartiría mi vida con la mujer que hoy es mi esposa, ni habría vivido tantas cosas maravillosas que me tenía el destino preparadas y, lo más trágico de todo, no tendría un hijo que es mi mayor felicidad, mi “pride and joy” (evocando al gran Stevie Ray Vaughan). Definitivamente Dios sabe cómo hace las cosas, y ahora que estoy tan ubicado en mi país y en mi existencia me da luz verde para que lleve a mi hijo a conocer a Mickey Mouse. De igual manera y, motivado por un artículo de la Revista Comcel, incursioné en la blogósfera, un universo que me ha acogido como un segundo hogar y hacia el cual profeso infinita gratitud. Pude retomar mi viejo y abandonado hábito de escribir. Y leyendo, en este proceso de retroalimentación que supone el universo de los blogs, he aprendido cosas que en ningún otro sitio habría podido aprender, he comprendido asuntos de la vida que me eran nebulosos y he conocido personas fascinantes, a las que hoy me enorgullezco de llamar “amigos”. ¿Conocer amigos por Internet? Hace unos meses la simple idea me habría parecido patética, vergonzosa, un recurso de socialización exclusivo de adolescentes inmaduros y solterones desesperados. Sin embargo ya ven, tengo un pequeño pero sustancioso inventario de nuevas amistades, muy diferentes entre sí pero todas con algo en común: la ilimitada capacidad de sentir, de compartir y de entregar su atención, su interés y su afecto. Y eso me hace sentir afortunado. De igual manera, al año que agoniza debo agradecerle el haberme regalado más tiempo con mis papás. Y lo más mágico: que después de treinta y cinco años de matrimonio, sigan juntos. Eso es algo que encuentro profundamente inspirador.
Lo feo.
En las cosas malas prefiero no pensar. Hago un ligero repaso por los recuerdos recientes y sólo se me viene algo a la mente: en febrero se murió mi abuelita y quedé huérfano de abuelos. Pocas muertes me han producido tanto dolor como la suya. Me acuerdo y revivo el desconsuelo. Una presión en el vientre que me sube por el pecho y se me convierte en un nudo en la garganta que no me dejar respirar. Siempre la recordaré como una de las personas que más me han querido, que más se han preocupado por mí. Y me punza como un cuchillo en el corazón que una muerte inesperada, absurda y egoísta le haya impedido realizar su sueño de ver a su bisnieto crecer, caminar, hablar, después de haberle entregado tanto, tanto, tanto amor durante sus primeros meses de vida. Y me desgarra el alma saber que mi hijo va a crecer sin recordar a ese ser que se le entregó por completo desde el mismo momento del nacimiento. No hay un día en que no le hable de ella, en que no le muestre sus fotos pretendiendo mantener vivo su recuerdo, en que no recemos por el descanso de su alma. Pero no es lo mismo. Nunca será lo mismo.
Sé que en este año hubo más cosas que me produjeron dolor. Por fortuna, cuento con un instinto de conservación que siempre embolata los malos recuerdos en algún recoveco de mi mente. Y honestamente, prefiero no escarbar.





