Terremoto en Bogotá

Mucho he escuchado al respecto en los últimos meses. Y cuando el río suena… Y el río empezó a sonar con fuerza desde que el Distrito y la Gobernación de Cundinamarca firmaron un convenio con la
Agencia Internacional de Cooperación de Japón (JICA) para el desarrollo de un estudio de riesgo e impacto de un suceso sísmico de considerable magnitud en Bogotá. Los resultados, publicados en abril de 2002, confirmaron lo que se temía: en primer lugar, que si bien no puede afirmarse que exista una amenaza inminente de terremoto por cuanto éstos son episodios geológicos imposibles de predecir, la ciudad está asentada en una región montañosa de latente actividad sísmica y por lo tanto el riesgo está ahí, como lo demuestran los antecedentes históricos (1.743, 1.785, 1.827, 1.917, 1.966, 1.968, 1.970, 1.972, 1.974, 1.975, 1.979, 1.987). En segundo lugar (y eso tampoco sorprendió a nadie), que no estamos preparados para hacer frente a un desastre natural masivo y que la eventualidad de un terremoto de proporciones similares al de Popayán (1.982) o incluso el de Armenia (1.999) tendría efectos devastadores en la capital del país: alrededor de 40.000 muertos, 270.000 heridos, colapso del 45% de las edificaciones y de 50 puentes, daño en las redes de servicio público (acueducto, alcantarillado, fluido eléctrico y telefonía), entre otros.
¿Qué hacer? Nada. O bueno, sí, hay algo que se puede hacer. Prevenir. Y creo que me estoy volviendo reincidente con el tema de la prevención. No me juzguen, soy papá. Esperen a tener un hijo y verán hasta qué punto se volverán precavidos. Esperen a tener un hijo y verán abrirse paso a los trancazos desde los más profundo de su ser a ese boy scout, a ese enfermero, a ese bombero y a ese policía que todos llevamos dentro. Y los que ya son papás entenderán de qué hablo y estarán de acuerdo conmigo. Súmenle además que soy arquitecto, conozco de cerca la industria de la construcción y puedo dar fe de la extrema fragilidad de nuestras edificaciones “sismo-resistentes”. Aclaro, por si no lo sabían: la sismo-resistencia no existe, y menos en un país donde las leyes se quedan en el papel, donde se concede a particulares enteramente corruptibles la responsabilidad de expedir las licencias de construcción y verificar el cumplimiento de normas técnicas que tienen por objeto salvar vidas y en muchos casos no se cumplen y se birlan al calor de unos whiskies y una buena “mordida”. Si señores, en el ejercicio de mi actividad laboral varias veces he tenido que asomar mis narices en la industria de la construcción, y les aseguro que huele mal. No es una pestilencia absoluta, pero sí se siente un olorcito a carne descompuesta y corrompida (¿acaso no lo sienten cuando circulan frente a esas torres de quince pisos de la Calle 106, donde la norma establece un máximo de siete u ocho pisos?).
Así que mi boy scout interior me motivó a informarme sobre lo que se debe hacer ANTES, DURANTE y DESPUÉS de un terremoto. Ya alisté mi kit de supervivencia, que desde hace varias semanas permanece debajo de la cama: linterna, radio, un pito (silbato, para los que no entiendan semejante colombianismo), curitas, alcohol (si no para curar heridas al menos para alegrar la antesala al rescate), una navaja suiza, un par de enlatados, dos botellas de agua, dos paquetes de galletas, una cobija de avión hurtada en mi último viaje transnacional (el chaleco salvavidas no me cupo en el maletín de mano, o de lo contrario estaría incluido en mi kit), un retazo de plástico verde que me quedó de un concierto en El Campín (uno nunca sabe… que tal que llueva y uno sin techo…), un tarro de Leche Klim y cuatro pañales para mi hijo. De igual manera, organicé en mi casa y en mi lugar de trabajo toda una estrategia de evacuación, con la respectiva asignación de tareas y responsabilidades, puntos de encuentro y demás. Digamos que esas son las medidas que he tomado respecto al ANTES y que tendrán implicación y aplicabilidad directa en el DESPUÉS. Pero en cuanto al DURANTE… ahí sí tengo varias dudas.
He encontrado en Internet (mi fuente suprema de sabiduría) una cantidad de información contradictoria. Como diría mi mamá, fui por lana y salí trasquilado. Así como suena. Fui por información y salí desinformado. Y perdido. Y confundido. Resulta que en la universidad tenía un profesor de Técnicas Constructivas a quien cariñosamente nos referíamos como Chuck Norris porque tenía un ligero parecido a aquel ridículo héroe de infancia que se abría paso por el mundo boleando pata ventiada a diestra y siniestra. Mi profesor no boleaba pata, pero sí boleaba ceros y varios perdieron la materia, aunque eso hace parte de otra historia. El hecho es que en el capítulo relativo a sismo-resistencia, Chuck nos enunció los comportamientos que podría y debería presentar un sistema estructural (léase edificio - los ingenieros hablan raro -) en un suceso sísmico (léase terremoto). Nos habló además de las diferentes patologías que podría sufrir una edificación durante un sismo y que podrían generar su colapso (léase derrumbe). Por último, explicó cuáles son los puntos más firmes en una estructura, los últimos que cederán en un derrumbe y por consiguiente los más seguros en términos de supervivencia. Dichos puntos, según su explicación, que por lo demás encuentro lógica y coherente, son los ejes estructurales. De ahí la recomendación tradicional de ubicarse al lado de una columna, de ser posible en el vano de la puerta de un muro de carga, por cuanto estos elementos revisten mayor estabilidad y por ende resistencia. Lo último que colapsa en una edificación debería ser, en principio, su estructura, a menos que el colapso se dé como resultado de una falla estructural inherente a la edificación misma y no de un agente externo como lo sería un terremoto. Espero que mis amigos ingenieros me corrijan si estoy equivocado, es bien sabido que en su gremio se considera al arquitecto como “alguien que no fue lo suficientemente marica para estudiar artes ni lo suficientemente putas para ser ingeniero”. Prejuicios laborales y disputas gremiales, ustedes entenderán…
Ahora bien, he encontrado con preocupante reincidencia a través de mis búsquedas en Internet una teoría que personalmente encuentro ilógica. Ella es la del “triángulo de la vida”. No niego que su nombre suene bonito. Pero hasta ahí. Me parece desprovista de cualquier fundamento científico y técnico. Esta teoría reza que es un error ubicarse bajo ejes estructurales, condenados irremediablemente a venirse abajo durante un terremoto fuerte aplastando todo lo que encuentren en su caída. Recomiendan, en cambio, ubicarse en posición fetal al lado (no debajo) de un mueble “firme”, pues al derrumbarse los muros quedará un espacio libre en ángulo entre los escombros y el mueble, espacio que garantizará la supervivencia de quien se encuentre en él. Este espacio es el que denominan “triángulo de la vida”. Me opongo a esta teoría porque sé que en el momento en que colapse la estructura de la edificación no hay mueble que nos salve de la muerte, si bien lo haría un milagro o la buena suerte. No hay escritorio, cama o sofá que resista el peso de una viga de concreto armado o de un entrepiso de varias toneladas, elementos que componen la mayoría de nuestras edificaciones urbanas. En esa medida, la teoría del “triángulo de la vida” me parece absurda y ridícula. La caída de cualquier elemento estructural pulveriza lo que encuentre a su paso, y me preocupa que una teoría que pueda ser aplicable en estructuras livianas comunes en Norteamérica y algunas regiones de Europa se asuma al pie de la letra en lugares donde prima la arquitectura de piedra, como lo es nuestro país. Careciendo de cualquier certeza científica y habiéndole prometido a mi esposa una respuesta definitiva a las dudas suscitadas por tanta contradicción, ruego a mis queridos visitantes ingenieros civiles se sirvan emitir su opinión y veredicto sobre el tema. Y que los no ingenieros no se sientan marginados, el sentido común pesa mucho en estas discusiones y casi siempre proviene de donde menos se piensa. Gracias de antemano por su colaboración.