¡Digan whiskey! Me animé. Por sugerencia de esta …
Wednesday, May 31st, 2006
Para ver las fotos participantes y votar, entren a este sitio.


Para ver las fotos participantes y votar, entren a este sitio.
Serpa tampoco convenció y eso que prometió casa y trabajo para todo el mundo, con el doble del sueldo.
Como por el incidente narrado recientemente me quedé sin computador en la casa, hasta hoy puedo referirme a los sucesos del domingo. Me alegra saber que ésta será la última entrada política en meses (espero).
Mis conclusiones:
Disfruté enormemente el derrumbe del oficialismo liberal. En honor a la dignidad que merece todo ser humano, espero de corazón que Bigotes no vuelva a insistir, aunque por puro morbo no niego que sería un espectáculo divertido que así fuera.
Celebro el éxito innegable de Carlos Gaviria y felicito a los muchos socialdemócratas respetables que conozco y admiro. Y ojo, hablo del éxito de Carlos Gaviria, no el del Polo. Soy uno de los convencidos de que existe más Gavirismo que Polismo, y que muchos de los votos obtenidos fueron virtud del candidato, más que del partido. No me gustó ver a Samuel Moreno, a Wilson Borja y a uno que otro petardo untándose de las mieles del triunfo. Me llamó la atención ver a Gaviria desmintiendo los rumores de una “supuesta” fragmentación de Polo (“calumnias de la oposición”, dirían los políticos de antaño). Me llama la atención porque es bien sabido que durante la crisis del tranporte en Bogotá más de uno de esos que hoy hablan de unidad le clavaron el cuchillo por la espalda a Lucho, empezando por el mismísimo Moreno. Y no lo digo yo. Lo dijo Lucho en diversos medios. Me dieron ganas de trasbocar cuando en pleno discurso de reconocimiento algunos mamertos interrumpieron a Gaviria con arengas del corte de “¡Uribe, fascista, eres un terrorista!”, a lo cual Papá Noel replicó exaltando la “alegría” y el “entusiasmo” de la concurrencia. Por supuesto, no podía faltar el clásico por excelencia del mamertismo trasnochado: “¡el pueblo, unido, jamás será vencido!” (se referirían al triunfo de Uribe?).
Por el lado del candidato-presidente (cómo se le debe decir ahora, ¿presidente-presidente?) creo que todo está dicho. Su triunfo, demoledor. Quedó claro que los uribistas no necesitaban llenar la Plaza de Bolívar, ni hacer bulla para reelegir a su candidato. Muy acertado el discurso de celebración, tranquilo, mesurado, conciliador. Nada que hacer, siempre será más fácil ganar que perder. Eso sí, no me gustó el agradecimiento a Moreno Descaro, me sigue pareciendo una naranja podrida, un payaso y una mala compañía para cualquiera, más aún para un presidente.
Lo mejor… se acabó toda esta vaina.
La hora de la verdad

Y la carrera por la presidencia se ha convertido en el escenario de la más vergonzosa guerra sucia que sea posible imaginar. Los rivales de contienda han desperdiciado un privilegiado momento histórico al dedicar más empeño al desprestigio de la gestión de Uribe que a la divulgación de sus propuestas de gobierno. Se salva Antanas Mockus, quien a lo largo de su vida pública ha dado muestras claras de esa casta e integridad de la que carece el grueso de la clase política nacional, ejerciendo una verdadera labor de oposición constructiva. Y por supuesto, en las arengas públicas liberales y polodemocráticas las sidicaciones de paramilitarismo han estado a la orden del día. Y las de narcotráfico. Y las de ilegitimidad. Y las de neoliberalismo, proyankismo, ultraderechismo, fascismo y demás “ismos”. Y si un día el presidente que más varilla ha recibido y aguantado manifiesta en tono airado su descontento ante la ligereza con el que un medio de comunicación (tan superficial que tiene a Alejandro Santos como director, al que recuerdo como buen “tumbalocas” y jugador de baloncesto en mis años de colegio pero como pésimo periodista) convierten rumores en información oficial comprometiendo la seguridad nacional, no le tiembla el pulso a los rivales en calificarlo de “tirano” y profetizar “años de opresión contra la libre expresión”. Qué curioso, hasta donde yo recuerdo, el caso más reciente de censura lo protagonizó el expresidente liberal Ernesto Samper contra el diario de su archienemigo, Andrés Pastrana. Y si en un foro académico el presidente advierte a un estudiante sobre la inmoralidad de un profesor que dicta cátedra basado en acusaciones falsas, salta la izquierda democrática a acusarlo de persecución contra la población estudiantil. Pero no es persecución dictar cátedra antiuribista a millones de niños y adolescentes en las escuelas públicas del país. Y esas no son “calumnias tendenciosas” en contra de Santa Claus Gaviria. Personas cercanas a mí, vinculadas con la educación pública, me han comentado la manera descarada en la que se imparte la doctrina antigobiernista en las aulas, doctrina que incluye la intimidación ideológica y la distribución de panfletos y volantes de contenido político. Si llenar a un niño de resentimiento clasista no es “comunismo disfrazado”, ¿qué sí lo es? Y acaso enseñarle en clase de “democracia” que no hay que votar por el candidato “paraco”… ¿tampoco lo es? Tengo la certeza absoluta de que las AUC son a Uribe lo que las FARC a Gaviria. Y honestamente, prefiero seguir en el curso actual que ver al país arrodillado ante Tirofijo, como lo recibió Uribe hace cuatro años. Como era de esperar, no han empezado los comicios y Gaviria ya denunció fraude electoral. Ya sabemos con qué van a salir si no hay segunda ronda.
En fin, son muchas las razones por las cuales he decidido una vez más apoyar con mi voto al presidente Uribe y no hacerlo por ninguno de sus contendores. Confieso que en algún momento me sentí proclive hacia la campaña de Antanas Mockus, pero más tarde vine a entender que Colombia desmerece un candidato de sus condiciones. La pedagogía del respeto a la vida tendría gran receptividad en un país como Suiza. Aquí, por desgracia, esa lógica tan lógica parece escapar a nuestro entendimiento, o al menos al de los señores que ejercen el poder a través de los fusiles, las minas antipersona y los cilindros de gas.
Felices elecciones, y que gane el mejor.
Para todo lo demás…
Vaso de leche entera ultrapasteurizada: $ 400.oo
Computador portátil con tecnología móvil Intel Centrino: $ 3′200.000.oo
Evitar que el vaso de leche se derrame sobre el computador portátil:
no tiene precio.
Nota: no puedo revelar la identidad de la responsable del accidente porque me manda a dormir al sofá.
Según expertos en informática, esta decisión es una nueva jugada monopolística de Bill Gates, quien al parecer pretende hacer de los errores de computación una característica exclusiva de Windows.
Como era de esperarse, el equipo de programadores de mi empresa de diseño procedió a desarrollar el primero de un completo paquete de errores personalizados, que comparto con ustedes:

Para desarrollar sus propios errores, visiten este sitio. Usuarios de Mac OS o Linux, favor abstenerse. Los errores son exclusividad nuestra.
Personajes así olvidan que algún día habitaron el vientre de una madre que, para fortuna suya (ignoro si de los demás), decidió darles la oportunidad de nacer.
Ante la huevonada, mejor no decir nada.

Lo preocupante del caso es que este triunfo legal, más que el final del camino en uno de los temas neurálgicos en la reivindicación de los derechos de la mujer, parece constituir el punto de partida de una causa mucho más profunda: la de la despenalización total. Ello permitiría que el aborto se convirtiese en un método anticonceptivo tan legítimo a los ojos de la Ley como el uso de píldoras, preservativos y dispositivos intrauterinos, bajo el sofisma estúpido del libre derecho de la mujer a “controlar y decidir libre y responsablemente sobre los temas relacionados con su sexualidad”. Con el perdón de la abogada Roa y de las mujeres que compartan su postura, este no es un tema de sexualidad. Es un tema de derecho a la vida. Decidir responsablemente es bajarle a la calentura y exigirle a la pareja ponerse un condón, no salir del paso pagándole a un médico para que le eche tijera al problema. Me cago en el derecho que reclaman ciertas mujeres (entre ellas la andrógina Florence Thomas, copia chambona, ordinaria y claramente fallida de Simone de Beauvoir) a ejercer cierta especie de soberanía sobre sus cuerpos, cuando no lo ejercieron a la hora de dejarse penetrar por el amante de turno sin las precauciones necesarias. La interrupción del embarazo con fines contraceptivos no es otra cosa que un asesinato, un homicidio sanguinario en contra de un ser inocente e indefenso. Y me llama la atención encontrarme con que los más asiduos defensores del aborto suelen ser los mismos que se manifiestan en contra de la pena de muerte, bajo el argumento del “respeto a la vida”. Qué curiosa contradicción. Y sí, con permiso o sin él se practican trescientos cincuenta mil abortos al año en Colombia. Pero despenalizar la interrupción voluntaria del embarazo en cualquier caso se constituye en una macabra institucionalización del homicidio, un lujo que el país más violento del mundo no puede darse.
Atesoro entre mis bienes más preciados un cassette de VHS con el registro en vídeo de cada una de las ecografías de mi hijo, tomadas desde que mi esposa atravesaba el tercer mes de embarazo, etapa de la gestación en la que suelen realizarse la mayor parte de los abortos. Aún puedo recordar la felicidad infinita que me producía verlo jugar con sus manitos, chuparse el dedo, agitar sus pies y dar botes una y otra vez, como lo hace ahora cuando jugamos por las noches. Imaginarlo cortado en pedazos, succionado con una aspiradora y arrojado a una caneca me inunda los ojos.
Había pensado ilustrar esta publicación con una imagen que encontré en Internet y que deja constancia de las atrocidades del aborto. Pero más que una evocación a la muerte, prefiero hacer de estas líneas un homenaje a la vida. Y por ello les comparto una de las imágenes más maravillosas que mis ojos han presenciado: mi hijo, a las doce semanas y cuatro días de existencia.

Ahora bien, a lo largo de la última semana y con obsesiva reincidencia he escuchado a Serpa referirse a su origen humilde. A la extrema pobreza en la que transcurrieron sus años de infancia, a las extenuantes jornadas de trabajo como niño barrendero y como adolescente vendedor de huevos, a la casita estrato uno sin pisito, ni puerticas, ni ventanitas en la que vivió hace cincuenta años y a su apartamentico humilde estrato cinco en donde vive hoy (ahora resulta que “Los Rosales” bajó de estrato por cuenta de la campaña Serpa Presidente). Y de propuestas, más bien pocón. A qué horas, si entre relatos lacrimógenos y temerarias sindicaciones de paramilitarismo de estado no queda tiempo para planteamientos programáticos. Por cierto, Samper también prometió generar un millón y medio de empleos.
No me queda duda de que la exaltación de la pobreza como virtud es una manifestación más de populismo proselitista.
Una Aspirina, por favor
Detalle del modelo 3D de un complejo de edificios.
Los discos duros también se mueren. El mío se murió ayer. Y por supuesto, no se fue solo. A su viaje al más allá lo acompañaron diecisiete gigabytes de información. Toneladas y toneladas de trabajo perdidas por cuenta de algún daño físico en la superficie del disco. Eso supongo, quién sabe qué tripa se le torció a mi disquito, pues sigo a la espera del dictamen de medicina legal. Y yo con tanto trabajo, y con tanto afán… Y el computador no reiniciaba. Aparecía el loguito de Windows con la ventanita voladora y la barrita de colores de puntitos que se mueven lo más de bonito y ¡pum!, un fugaz pantallazo azul con una cantidad inmensa de información que no se alcanzaba a leer, y un beep, y de nuevo la maquinita tratando de cargar su sistema operativo para repetir el mismo ciclo inútil. Y ni riesgos de intentar el “modo a prueba de fallos”. Ahí sí que la cosa se ponía asustadora, pues ni ventanita voladora, ni barrita de colores, ni pantallazo azul, ni un carajo. Oscuridad absoluta como en el espacio infinito y un cursor intermitente en el extremo superior izquierdo de la pantalla y ya, nada más. Nadie me hablaba ni me pedía que despertara y que siguiera al conejito blanco; hubiera sido muy interesante que apareciera Trinity con sus apretados pantalones de cuero negro a golpearme en la puerta y a decirme que soy el elegido. Demasiado bueno para ser verdad. Me quedé solo como un perro, hundido en el desierto que reina en mi oficina todo viernes por la tarde.
Así que, destornillador en mano, procedo a abrir la CPU, extraer el disco duro, mover jumpers, montarlo en otro equipo como esclavo, configurar la BIOS y tratar de acceder y rescatar la información del mismísimo infierno. Malas noticias: al parecer la unidad E no tiene formato. –“¿Desea formatearla ahora?”- me pregunta Windows. –“Bueno, qué carajos, formateemos, gracias a las almas del purgatorio que me recordaron sacar un back up hace dos días”- pienso. Y doy clic en “aceptar”. Más malas noticias: -“Es imposible dar formato a la unidad E”- me anuncia Windows con sevicia. Y se me viene a la mente la señora madre de Bill Gates, honorable dama evocada con regularidad por cuenta de las inconsistencias y disfuncionalidades del sistema operativo desarrollado por su retoño, genio al que admiro por su verdadero y poco comentado mérito, el de haberse convertido en uno de los hombres más ricos del mundo a punta de venderle basura a la humanidad. Continúo con mi diagnóstico empírico (un arquitecto jugando al ingeniero de sistemas): -“Tamaño de la unidad E: 32.528 Mb”. –“¿¿Quéee?? ¡¡Pero si el disco era de ochenta gigabytes!!”- me pregunto horrorizado. El resto de la historia incluye unos cuantos madrazos, un teclado roto y un viaje relámpago a Unilago.
Redacto estas líneas desde mi computador resucitado, con disco duro nuevo, un despampanante Maxtor de 160 gigabytes. El viejo… que El Señor lo tenga en su gloria. El conejito… nunca apareció.
Encontrar un trabajo digno
Yo sé quién sabe lo que usted no sabe: Google. Este manantial de sabiduría parece albergar la respuesta a toda pregunta, incluso aquellas que por siglos permanecieron insolutas. Por ello acudí a él con la esperanza de encontrar luces respecto a una de las grandes obsesiones de mi vida: la posibilidad de un trabajo digno. Como era de esperarse y como lo haría un buen amigo que en honor a la sinceridad gusta de hablarnos a la cara, sin contemplaciones ni falsas sutilezas, Google hizo lo propio: me habló a la cara, sin contemplaciones ni falsas sutilezas. En otras palabras, me bajó de la nube de un patadón y me estrelló contra el piso de un coscorrón.
Si quiere saber qué tan asequible puede ser la dignidad laboral en su caso, vaya al Sitio Web de Google, en el campo de búsqueda teclee “encontrar un trabajo digno” y déle clic a “voy a tener suerte” (la va a necesitar a todo lo largo de su vida).
Ahora bien, ya sabe dónde encontrar respuestas la próxima vez que una grande incógnita se atraviese en su camino.
Saludos.
Pero me resisto a tirar la toalla. Y como el adolescente que movía la cama de sitio cada vez que sentía la necesidad de darle un respiro a su vida, remodelo este sitio esperando imprimirle un nuevo carácter y un nuevo aliento. Habrá quienes desaprueben la nueva apariencia, estoy seguro. Les pido paciencia y comprensión. Necesito reencontrarme.
Que la fuerza me acompañe. Y mis apreciados lectores.