A Nueva Orleáns
Hay tres piezas de la iconografia gringa que siempre me produjeron admiración: Supermán, las Torres Gemelas y Nueva Orleáns.
El primer ícono, que pudo contra la criptonita y contra Lex Luthor, se despedazó la columna vertebral al caerse de un caballo en su finca de recreo y quedó cuadraplégico por el resto de sus días. Tan paradójico como suena: el tímido reportero de El Planeta que zurcaba los cielos con tal rapidez que le bastaba con girar en sentido opuesto a La Tierra para devolver el tiempo (truco que alguna vez le permitió regresar a la vida a su adorada Luisa Lane), el mismo que detenía trenes con sus manos y apagaba incendios con sus soplidos, escasamente pudo volver a parpadear por su propia cuenta desde el lamentable accidente. Hasta para respirar requería del auxilio de una máquina. Un día sonrió, otro, creo que consiguió murmurar algunas palabras. Hasta que finalmente su vidita se extinguió como una vela en el viento: el hombre de acero murió de la manera más humillante e indigna que sea posible imaginar, más aún para un superhéroe. Sus fanáticos habríamos preferido verlo perecer en una paila de criptonita fundida y burbujeante, o a manos de su archienemigo Luthor. Jamás conseguí conocerlo en persona, así fuera en su lecho de moribundo.
El segundo ícono, estandarte del capitalismo yankee y desafío arquitectónico e ingenieril, se convirtió en polvo una mañana de sepiembre en que una secta de musulmanes psicópatas decidió clavarle dos Boeings 767 repletos de vidas humanas y gasolina. Un episodio histórico quizás comparable al de Pearl Harbor, pero con cubrimiento en directo por CNN. Un buen amigo me cuenta que en el mirador de una de las torres un letrero daba la bienvenida a la “cima del mundo”. Cima del mundo que me quedé sin conocer porque un barbudo hijo de puta decidió demolerla sin permiso de Dios (que quizás ese día estaba de vacaciones), con varios miles de seres humanos en su interior, en su mayoría inmigrantes humildes que laboraban en el sitio a la caza del sueño americano. Cero y van dos.
Mi idolatría por el tercer ícono nació cuando me enteré que Louis Armstrong no era el hermanito menor de Neil, el hombre que pisó La Luna, y que la trompeta servía para mucho más que acompañar los inmundos estribillos de Pastor López. Nació cuando supe que existía un rinconcito de Francia en Norteamérica, enclavado entre pantanos, cocodrilos y vudú, famoso por una calle que jamás dormía y que se estremecía al compás del jazz y del blues, los ritmos musicales más maravillosos que un ser humano pueda escuchar y cuyo esplendor entreví de la mano de Cortázar y su Perseguidor (Cortázar descubrió que el jazz, además de escucharse, se podía leer). Un lugar famoso por su arquitectura única, por sus balcones de madera con barandas en forja, por su barrio francés de ensueño. Famoso por las mujeres que le destapaban sus senos al transeúnte a cambio de un collar de bolitas de colores y hacían realidad su fantasía de convertirse en cabareteras por una noche. Famoso por el mardi gras y sus desfiles, por los huracanes (los etílicos, no los destructivos), por su exquisita gastronomía creole y cajun, por albergar una de las mejores universidades del mundo. Famoso por tantas cosas y más que olvido mencionar. Hasta que una perversa confabulación entre la desidia gubernamental y la furia natural decidió tragarse la ciudad y convertir sus calles en ríos fétidos y a sus habitantes alegres en seres tristes, en muertos vivientes. A quién le importa, si eran negros, tan negros como los chocoanos de mi país que se mueren de hambre, o ahogados, o a balazos (nota del traductor: Lousiana es a Estados Unidos lo que El Chocó a Colombia). El tercer ícono se derrumbaba como los dos anteriores, por cuenta de un huracán asesino con nombre de mujer hermosa.
Nueva Orleáns, sin embargo, pareciera levantarse de entre las cenizas. O de entre las aguas podridas, mejor. Un año después de la tragedia parece imposible imaginar que la ciudad se sumergió en el agua y volvió a emerger. Es difícil establecer si la miseria y la destrucción que eventualmente se perciben son legado de Katrina, o vienen de antes. La belleza del corazón de la ciudad se mantiene intacta, y conserva el esplendor de sus mejores años. El Superdome, hogar de los New Orleans Saints, convertido en refugio, hospital y morgue masiva durante la inundación, alista los últimos detalles para reabrir sus puertas al público. Sin embargo, no hace falta haber conocido la Nueva Orleáns de antes para saber que mucho cambió, particularmente en el ánimo de sus gentes. La tristeza se percibe en sus miradas. La preocupación y la angustia en sus ceños oscuros. “Tengo que regalar la mercancía; es eso o no comer”, le contestó una negra de piel curtida a mi esposa que no entendía cómo una cartera de cuero podía costar tres dólares. En la esquina, a cambio de monedas, una banda de jazz con instrumentos hechizo deleitaba a los curiosos con una cadencia que envidiarían las más famosas big bands del mundo. Y el humor, el analgésico más efectivo contra los dolores del corazón, estampado en camisetas que se pueden comprar por dos o tres bucks en cualquier esquina:
“Jesus loves you. But everyone else thinks you’ re an asshole.”
“Jesús te ama. Pero todos los demás piensan que eres un pendejo.”
“Evacuation plan: run bitch run!”
“Plan de evacuación: corre puta, corre!”
Finalmente, uno de mis sueños se hizo realidad: estuve en Nueva Orleáns. Quizás demasiado tarde, pero estuve en Nueva Orleáns. Y quedarán los recuerdos incrustados en mis pliegues cerebrales, unos con mayor nitidez que otros, pues la memoria se fue adormeciendo con el pasar de los huracanes etílicos, en esta ciudad a la que de corazón espero Dios le dé una segunda oportunidad.
Por cierto, Sting tenía razón… hay una luna sobre Bourbon Street.
Las fotos, aquí están…

El Superdome y el downtown detrás.
La exquisita arquitectura de corte francés.
Vudú con descuento para grupos: el rebusque da para todo.

Para la muestra un botón.

El jazz en cada esquina.

Y finalmente allí estaba, ante nosotros… Bourbon Street.

Por si las dudas…

Pat O’Brien’s, el restaurante mas popular de New Orleans. Queriamos comer, pero desde Katrina solo atiende como bar. El chef vuelve en septiembre, por si acaso…

La noche se iba calentando… ella quería collares, y haría lo que fuera por conseguirlos. Y nosotros bravos…

Y como era de esperar, la noche se siguió calentando. Esto fue en el Hustler’s Bar, donde las cámaras están prohibidas (no sea que a alguien se le ocurra tomarle una foto a alguna rubia semi-empelota y publicarla en Internet). La foto la tomó la esposa de nuestro afitrión, con la cámara escondida y por supuesto sin flash. Recomiendan enrollar un dólar, morderlo y entregárselo a la bailarina con la boca. Por supuesto lo hice y créanme, vale la pena. El dólar mejor gastado de toda mi vida. Irse de fufurufas con complicidad de la esposa es algo que sólo lo permite New Orleans.