La olla podrida Le hurté a la sabiduría popular e…
Wednesday, November 29th, 2006La olla podrida
Le hurté a la sabiduría popular el principio aquel según el cual hay que tener cuidado con lo que se busca porque puede que se encuentre. Conozco un personaje al que en repetidas oportunidades le he escuchado comentar con el mayor desparpajo que jamás busca trabajo “no va y sea que le salga”. Y no busca, y talvez por eso no le sale. Muy sabio de su parte: es mejor no buscar lo que no se quiere encontrar, así como es mejor no preguntar lo que no se quiere saber, o se quiere, pero no conviene, porque con frecuencia y como también reza la sabiduría popular uno se pone a buscarle tres patas al gato y termina encontrándole cuando menos cuatro. Y por eso es que uno no se complica preguntándole a la mamá si se casó virgen, o a la mujer de turno si el artífice de su mejor orgasmo fue uno o el novio anterior, ni siquiera si ese último orgasmo fue real o fingido, sencillamente porque hay ocasiones en las que es mejor proteger celosamente el beneficio de la duda.
Todo esto en referencia al tema de la tan sonada paramilitarización de la política, de la que se rebuzna tanto en los noticieros y periódicos nacionales. Y así como el tema de café con galletas de hace dos semanas era la celulitis de
Tan inmoral como lo es fingirse escandalizado por la filtración de la influencia paramilitar en la esfera política (filtración igual de contundente como la guerrillera, de la que por estos días no se dice nada y que además se beneficia del solapado apoyo internacional) lo es desconocer dicha influencia en otras muchas esferas de la vida pública. ¿O acaso pretenden hacernos creer que el Canal RCN o Caracol desconocían la participación accionaria de Mancuso en la cadena de almacenes “Gino Pascalli” cuando negociaban las jugosas franjas publicitarias en horario triple A? Como decía Juan Ramón, ¡dejémonos de vainas!, que la vínculación de ilustrísimas empresas nacionales y multinacionales con el paramilitarismo es un secreto a voces desde hace muchos años (¿recuerdan el escándalo de Coca-Cola?). Y esas vinculaciones han sido en muchos casos –no todos-, la consecuencia inevitable de la desidia institucional. Es apenas lógico y consecuente que en aquellas regiones en donde el Estado no hace presencia proliferen los ejércitos privados, los escuadrones de defensa propia, o en lenguaje más contemporáneo, de “autodefensa”, un término cuya simple etimología no contiene connotación negativa alguna. La defensa propia es un derecho inalienable. Mi abuelo, que Dios lo tenga en su gloria (y quien al parecer no sabía mucho de defensa propia a diferencia de muchos otros colombianos), fue un campesino humilde pero visionario que a los 14 años se enfrentó sólo a la vida con varios hermanitos a cuestas a los que sostuvo vendiendo panela a lomo de mula. Al cabo de muchos años y a punta de sacrificio y dedicación, logró hacerse a una finca en los Llanos Orientales con la que incursionó en el negocio de la ganadería, negocio que tuvo que dejar abandonado, literalmente (junto con la finca), por los constantes pillajes, robos, chantajes y amenazas de la guerrilla de izquierda. Muchos años le costó recuperarse de aquel devastador golpe. Pero lo consiguió, esta vez incursionando en el negocio del transporte de crudo. Varias tractomulas quemadas y otras tantas hurtadas y hasta secuestradas por esa misma organización criminal lo llevaron nuevamente a la ruina, veinte años después. Por desgracia, la vida no le alcanzó a mi abuelo para recuperarse del todo, nuevamente. Pero de haberlo logrado, no me queda duda que en su nuevo negocio, cualquiera que le dictase su mente visionaria, habría buscado obtener en alguna parte esa protección que jamás, como a millones de colombianos, le brindó ese estado colombiano al que cumplidamente tributó sus impuestos durante 84 años de vida.
Que las organizaciones paramilitares mutaron en ejércitos de sicarios de motosierra que se han dedicado a bañar nuestra geografía de sangre, que se han convertido en un flagelo aún peor al que pretendían combatir y en un horror que debe ser erradicado de la faz de la tierra, no me queda duda. Que la infiltración delincuencial en todas las instancias nacionales es una vergüenza patria, por supuesto. Pero por favor no nos hagamos los mojigatos, ni olvidemos quién es el verdadero cocinero detrás de esta olla podrida en la que se convirtió nuestra vida nacional. Las autodefensas surgieron como respuesta al abandono estatal, y se corrompieron por la misma razón.
Y si pese a las advertencias alguien decide seguir escarbando en todo este mierdero, que ni se le ocurra asomar las narices en el sector privado, porque ahí si que no va a quedar títere con cabeza en este país del sagrado corazón. A propósito… ¿usted confía en su jefe?
PIES DE PÁGINA:
2. Hoy hace cuatro años me casé con la que hoy es mi esposa y madre de mi hijo.



