Que la bolita esa al lado de la oreja le sigue creciendo, que está muy grande y que hay que llamar al médico. Que le creció más, que el antibiótico no sirvió, que se le puso caliente, que lo voy a llamar. Hablé con él. Que hay que operarlo rápido, mejor dicho ya, que esta misma noche. Que a las nueve. Que no, que no se puede antes. Que sí, que toca operarlo. Que no, que no es una operación, que más bien es un “procedimiento”. Un drenaje. Pero tienen que anestesiarlo. Sí, general. Anestesia general. Lo que tiene es una fístula preauricular. ¿Cómo dice, doctor? Una fístula preauricular. ¿Eso es grave doctor? Grave no, pero delicado. ¿Y eso no es como lo mismo, doctor? Y resulta que es una condición congénita. Condición: cómo me asusta esa palabra desde que tengo un hijo. Congénita: cómo me asusta esa palabra desde que tengo un hijo. En algún momento de su vida fetal trató de formársele un tercer canal auditivo, minúsculo. No me haga esa cara que es algo muy común. Mientras no se infecte no importa. Ni siquiera se ve. Pero se infectó. Y entonces sí importa. Y se ve. No, no se va a morir, nadie se muere por eso. Pero firme aquí, debajo de las doscientas líneas de letra menuda. Que lo van a poner a dormir y existe el riesgo de que nunca despierte. Soldado advertido. Hoy sólo lo drenamos. En dos meses lo operamos y solucionamos el problema definitivamente. Para que no se vuelva a infectar. Para que no tengamos que volverlo a poner a dormir. Que despídanse ya, que nos lo tenemos que llevar. Que no llores. Que vas a dormir un ratico y aquí vamos a estar esperándote con una cajita de jugo y un vasito de gelatina. Que te amamos. Que por favor te despiertes cuando el señor de delantal te pida que te despiertes. Prométemelo. Por favor prométemelo. Te lo prometo. Otro beso. Que por favor salgan y esperen en la salita de afuera. Que cualquier cosa el médico les avisa por la ventanilla. “Cualquier cosa”. Y salimos a esperar en la salita de afuera. Y me siento a tratar de perderme en una pantalla de televisión encendida y me pongo a pensar en las paradojas de la vida. Yo, siempre quejándome de que nadie en este mundo se ha tomado la molestia de escucharme, y al otro lado de la pared mi hijo, dormido y lleno de tubos porque cometió el pecado de nacer con tres oídos.