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Archive for August, 2007

¿Esterilizado?

Tuesday, August 28th, 2007

¿Qué pensaría usted si estando de vacaciones decide hospedarse en el hotel más lujoso de Locombia, entra a su habitación, descarga su equipaje y acude al baño para atender el inaplazable llamado de la naturaleza, remueve del inodoro/sanitario/excusado/retrete/taza/güater la típica cintica de papel que dice “esterilizado” en letras rojas con fuente Arial Bold (la reconozco a un kilómetro de distancia), levanta la tapa y descubre sobre el aro/anillo/asiento/cojín/bizcocho una poco agraciada plasta de materia fecal/caca/popó/mierda? ¿Qué haría si, superada la molestia inicial, presentado el consabido reclamo y habiendo sido retirada la plasta maloliente decide pernoctar en el dichoso hotel resignándose a que ese tipo de porquerías ocurran hasta en los mejores hoteles y a la mañana siguiente amanece con medio litro de sangre menos y cuarenta picaduras de pulga en toda la extensa superficie de su hermoso cuerpo?

Ahora bien, ¿qué pensaría usted si este par de incidentes no le ocurren en el hotel más lujoso de Locombia sino en la clínica más encopetada de Locombia (controlada ahora por la universidad más encopetada de Locombia -Dios los hace y ellos se arrejuntan-) y resulta que usted no está disfrutando de unas placenteras vacaciones sino que está tratando de recuperarse de una cirugía de vías biliares? Un buen guión para una película de horror, que en este país en el que la ficción no le hace ni cosquillas a la realidad nos ocurrió con mi esposa en la Clínica (¿Fundación?) Santa Fe de Bogotá el fin de semana pasado. Yo sí me preguntaba por qué tantos casos recientes de personas que han superado las cirugías más críticas y complejas y a las pocos días se mueren por cuenta de “infecciones hospitalarias”. -”Es que los virus y bacterias de hospital son jodidísimos de combatir”- me dijo un médico pocas semanas después de que mi abuela lograra sobrevivir a una cirugía de corazón abierto pero no a una “infección hospitalaria”, como tampoco lo lograron al menos una decena de personas que conozco (o conocí). No dudo que las bacterias de hospital sean jodidísimas de combatir. Mucho menos cuando ni siquiera se toman la molestia de fumigar las plagas o recoger la mierda que dejan los enfermos a su paso.

Si esta es la situación de las clínicas estrato 6, no quiero imaginar lo que ocurre en los hospitales del distrito estrato sisbén.

No todo en la vida tiene que tener un nombre

Sunday, August 26th, 2007

Y tras casi dos horas de espera me llamaron a la ventanilla. Pero a diferencia de todos los que habían sido llamados antes, a mí no me pidieron que fuera a encontrarme con mi familiar en recuperación, sino que buscara al médico en cirugía porque necesitaba hablar conmigo. Y salí corriendo sin pronunciar palabra por ese corredor infinito, y mi mamá me siguió como pudo, intuyendo que sólo sus brazos podrían sostenerme si la noticia era mala. Pero la noticia, más por la infinita bondad de Dios que por designio de la suerte, no era mala. -”La cirugía de su esposa salió muy bien, no hubo ninguna complicación y todo estuvo dentro de lo previsto. Lo hice llamar porque quería informárselo personalmente.”- En estos últimos años, en los que la muerte me ha golpeado tan duro y tan seguido llevándose de mi lado a varias de las personas que más he querido, no consigo espantar el miedo ante cualquier percance de salud, procedimiento quirúrgico o situación que implique el más mínimo riesgo para los seres que quiero: mis padres, mi esposa y mi hijo, mi hermano, su esposa y sus hijos, mi familia extensa, mis amigos. Y por eso, clavado en las agujas del reloj y justo antes del llamado a la ventanilla, enfermo de angustia y masoquismo, me había puesto a pensar en cómo podría asumir las riendas de mi vida sin Andrea a mi lado.

Pensé y pensé, pero no encontré respuesta.

Mamá, gracias por haberme acompañado. Yuyo, gracias por seguirme acompañando.

Algo hemos evolucionado

Thursday, August 16th, 2007

Siempre he sentido fascinación por lo “vintage”, por todo aquello representativo de una época o período de tiempo específico, en particular las manifestaciones surgidas sin el propósito de eternizarse y hacer hito en el tiempo: un aviso impreso, un recorte de periódico, una cuña radial, una propaganda televisiva. La espontaneidad de su concepción y su carencia de pretensiones en el largo plazo hacen de este tipo de piezas registros fieles del contexto cultural que las originó y testimonios de profunda honestidad histórica, como no siempre consiguen serlo las crónicas periodísticas o las suntuosas memorias que los intelectuales suelen publicar cuando se sienten arrinconados en las postrimerías de su vida. Por eso, puedo pasar horas y horas inspeccionando revistas viejas en la sala de espera de un consultorio médico, dentistería o peluquería de barrio. Por lo general, más que en los artículos suelo centrarme en los anuncios publicitarios, aquellos que anticipan el lanzamiento de ese invento tecnológico que hace años echamos a la basura, o el estreno de esa telenovela protagonizada por el gran galán o diva de época por los que nuestros papás suspiraron y que hoy sobreviven al hambre, la artritis y el abandono en un asilo de ancianos.

Fue así como no hace muchas noches, en un recorrido por entre canales de televisión, me quedé cautivado por la exquisita escena de una Claudia de Colombia en plena flor de la vida descendiendo de un Renault 12 verde biche de la mano de un aristócrata de afro con abundantes motas de pelo que le brotaban del pecho por entre una camisa de rayas a medio apuntar. Un suculento banquete vintage que bien merecía la trasnochada. No recuerdo el argumento, con seguridad no me perdí de mucho. Lo que me atrae de este tipo de joyas es claramente la forma, y no el fondo. La forma de hablar, de vestir y comportarse, la concepción temporal del lujo y del bienestar, de lo moral y políticamente correcto e incorrecto. Y esa es precisamente la clase de cosas magníficas que permite el reencuentro cultural con el pasado: comparar esas diferencias viscerales que separan a la sociedad actual de la de ayer, descubrir que mientras el cine colombiano de hace veinte años le cantaba al amor, a la interpretación más cursi, lacrimógena y ridícula que pueda existir del amor, el cine colombiano de hoy le canta a los sicarios, a los mafiosos, a la cocaína, a las mulas que se engullen racimos de condones con heroína, a las prostitutas, a los prostitutos, a los pederastas, a los asesinos, a los psicópatas. Una visión apocalíptica de nuestra realidad como habitantes de un país inhabitable. Y sin embargo yo, un nostálgico empedernido que no ha esperado a morirse para recoger sus pasos miles de veces por cada uno de los lugares en los que alguna vez fue feliz, un pesimista de tiempo completo que por momentos no vislumbra un futuro más allá de mañana, llego al final de esa inmersión en las costumbres pasadas con la firme convicción de que a pesar de lo mal que pueda oler el presente no es cierto eso de que todo tiempo pasado fue mejor, y que además de la estética y el gusto a la hora de vestirse, mil cosas son mejores en la Colombia de hoy que en la de hace dos o tres décadas. De alguna forma, componemos una sociedad mucho más madura, respetuosa y hasta cierto punto tolerante, como si la sociedad (o al menos parte de ella) hubiera ido madurando casi que a la par con uno en el transcurso de los años. Y aunque por desgracia sobreviven muchos cavernícolas que no han conseguido despojarse de su origen animal, existen probabilidades de que la sociedad que maduró a la par conmigo continúe madurando a la par con mi hijo, y que quizás para cuando él sea adulto hayamos entendido que no existe razón lo suficientemente grande para que un colombiano mate a otro, o lo discrimine, o lo robe. Soñar no cuesta nada.

Algunos hechos concretos:

El cigarrillo: cuando yo era niño el cigarrillo era socialmente aceptado. Era un indicador de estatus y de elegancia. Mis recuerdos de infancia están impregnados de un penetrante olor a tabaco. Los adultos que me rodeaban fumaban frente a mí sin el menor reparo. Tengo imágenes grabadas en la mente de una escena en un cuarto de hospital con visitantes que fumaban mientras saludaban al recién operado. No hace mucho era natural y permitido fumar en un avión, y por eso algunos aviones aún tienen ceniceros en el brazo de las sillas. Recuerdo dos profesores de bachillerato que fumaban en clase, durante los exámenes. El de matemáticas solía impresionar a sus alumnos haciendo círculos de humo. Para nosotros, él era una especie de superhéroe nicotinómano.

La basura: hace veinte años era normal arrojar la basura a la calle por la ventana del carro. Todo el mundo lo hacía. Las calles de Bogotá eran famosas por ser las más sucias del país. A ningún bogotano parecía importarle esa estadística porque, por el contrario, sus carros lucían impecables.

El alcohol: probé la cerveza a los ocho años en un paseo. Un adulto destapó una lata de Clausen y me ofreció un sorbo. Me supo a orines y sentí ganas de vomitar. No recuerdo bien pero creo que el adulto rió. La primera vez que entré a un bar en Bogotá, tenía catorce años. Fui con varios compañeros de colegio de la misma edad, pedimos cerveza y nos la llevaron a la mesa. La siguiente vez que fuimos pedimos media botella de aguardiente. Hace diez o quince años era muy normal eso de tomar y manejar. Cuando un borracho se mataba o mataba a alguien, la culpa era del carro, o del piso mojado, o del “alguien”, pero nunca del trago. Y la gente iba al entierro y después se emborrachaba para ahogar la pena y manejaba. Personalmente, confieso haber manejado varias veces en condiciones en las que difícilmente podía caminar. Por fortuna nunca fue después de un entierro. Por fortuna nunca fue antes.

La conducción: no hace muchos años se pensaba que el cinturón de seguridad era para tontos, y era de las pocas cosas que llegaba a la vejez sin haberse estrenado. Uno se parqueaba en cualquier parte, donde lo cogiera el afán. Dejaba el carro atravesado en la calle o subido en el andén mientras hacía la comprita o la diligencia del banco. Los andenes eran espacios que los conductores amablemente le cedían a los peatones entre una diligencia y otra.

Los juguetes:
mi cuarto y el de muchos niños de mi generación parecían arsenales militares. En una ocasión el Niño Dios me trajo un revólver y una pistola de fulminantes, que me confiscaron en plena clase por coger a un compañero a balazos de mentiras. Tuve una ametralladora G-3 de plástico a escala 1:2 comprada en La Gran Piñata, dos corbetas y un destructor, cuatro aviones de combate, dos espadas y ciento cincuenta soldados en miniatura con dotación militar completa: fusiles, granadas y tanques de guerra. Con la escopeta neumática de mi primo jugábamos al polígono en el jardín de mi abuela y reventábamos botellas de gaseosa a balinazos. Las escopetas las vendían en la sección infantil de Iserra. Un amigo del colegio casi pierde el ojo derecho cuando disparó su pistola de gas y un diábolo le rebotó en la cara. Las pistolas, los cilindros de recarga y los diábolos también los vendían en Iserra, la mejor juguetería del país. En Navidad, echábamos voladores y encendíamos volcanes bajo la mirada complaciente y orgullosa de los adultos.

La sexualidad: el primer y único curso de educación sexual que recibí en el colegio me lo dictó un compañero haitiano cuatro años mayor que yo. El material bibliográfico incluyó varias revistas repletas de rubias con senos monstruosos, increíblemente ingeniosas a la hora de exhibir su intimidad y diestras en el uso de todo tipo de juguetes eróticos. Aprendí primero lo que era un aborto que lo que era un condón.

Nos falta mucho para que la nuestra sea una sociedad adulta. Pero es indiscutible que algo hemos evolucionado.

FISHER-PRICE y sus juguetes con plomo

Sunday, August 12th, 2007

Fueron necesarios varios meses para que el gigante de la lúdica infantil Fisher-Price, marca dueña de mis afectos y admiración desde mi más tierna infancia y hasta el día de hoy, se diera cuenta (o se decidiera a confesar, más bien) que buena parte de su catálogo está recubierto con una pintura con elevados contenidos de plomo, substancia química altamente tóxica y nociva para la salud humana, no se diga la de los niños en los rangos de edad que componen su mercado objetivo. Meses de los cuales Jacobo dedicó buena parte a jugar con su “Granjita Figuras de Elmo, la que por esas cosas de la vida se convirtió en uno de sus juguetes favoritos, con el que muchas veces se divirtió, el que llevaba a la tina a la hora del baño, el que chupaba, mordía, lamía y babeaba como suelen hacer los niños en cierta etapa de su vida. Que lo chupe, esos gringos son unos genios para hacer juguetes seguros, pensábamos. ¡Gringos genios mis polainas! Los genios de Fisher-Price invierten millones de dólares en el desarrollo de juguetes ergonómicamente concebidos y de formas orgánicas que no pongan en riesgo la integridad física de los niños, que estimulen su inteligencia y su desarrollo psicomotor, que exalten los más nobles valores y principios morales, y una vez concebidos, diseñados, probados y fabricados, los pintan con plomo. Culpa de los chinos mal pagos que los producen, dicen ahora. Ajá, les creímos. El genocidio de Irak es culpa de los iraquíes. Y supongo que la culpa de un eventual envenenamiento es mía, por haberle permitido a mi hijo jugar con una de las referencias incluidas en la lista negra de juguetes tóxicos: la “Granjita Figuras de Elmo” acaba de ser catalogada como un artículo “potencialmente peligroso”. Para rematar, esta línea de productos no trae grabado número de referencia, ni fecha de fabricación. Lo que sí luce el que tengo en la casa es un clarísimo y poco tranquilizador “Made in China”. La recolección de todas las unidades disponibles ya fue sugerida por los fabricantes y ordenada por las autoridades sanitarias de varios países del mundo.

Ahora, inspeccionando la granja maldita esa, me pregunto cuántas de esas partículas de pintura que desaparecieron de su superficie estarán en el estómago de mi hijo o deambulando por su sangre. Que se tengan, grandísimos hijos de mala madre, porque no voy a caer en la trampa estúpida de devolver mi juguete por unas monedas y quedarme sin las evidencias de su canallada. Este juguete es la prueba reina en la demanda por cien millones de dólares que les caerá encima si a Jacobo se le llega a enfermar media pestaña por cuenta de sus juguetes tóxicos. Lo más indignante de la historia es percibir esta reiterativa tendencia de las grandes empresas gringas por el menosprecio hacia sus clientes en el tercer mundo. Las alertas publicadas por Mattel (responsable además del descerebramiento masivo de niñas desde la más tierna edad con ese adefesio materialista de la anti-mujer llamado “Barbie” - Mattel siembra las pseudo-mujeres del mañana y Revlon las cosecha-) con relación al reciente episodio del plomo han sido publicadas únicamente en inglés, francés y alemán. En los sitios web de la multinacional para España y Latinoamérica al día de hoy, 12 de agosto de 2007, no se menciona absolutamente nada al respecto. Un aviso en El Tiempo y listo el pollo, se cumplió con advertir. No es coincidencia que nuestros paisitos sean el laboratorio farmacéutico y el basurero radioactivo de las superpotencias. Estas latitudes serán por siempre la letrina de occidente, o al menos hasta que lo permitamos.

 

Fisher-Price
Imagen extraida del “Recall Notice” de Fisher-Price

Fisher-Price
Juguete extraido del closet de Jacobo

 

El concepto

Friday, August 10th, 2007

Que me corrijan los expertos, pero pienso que para ser efectiva, la publicidad debe ser sencilla y contundente. Algo similar ocurre con la tecnología.

Es evidente que una de estas dos marcas tiene muy claro el concepto.

 

Mac vs Dell

…¡váyate! - Episodio 3

Tuesday, August 7th, 2007

El tercer episodio de …¡váyate!, el vlog de Jacobo, está al aire. Click en la imagen para verlo.

Vayate 3

Mi vida en el escaparate

Saturday, August 4th, 2007

Por cuenta del profundo intríngulis de la Internet, sin darse cuenta termina uno exhibiendo su vida privada como en escaparate. Y fue así como de la cuenta de correo electrónico pasé a la de mensajería instantánea, y de la de mensajería instantánea a la página profesional, y de la profesional a la personal, y de la personal al blog, y del blog a vlog, y con la incorporación del vídeo como lenguaje de expresión devoré las últimas moronas de intimidad que salvaguardaban mi anonimato. Ya cualquiera y sin mayor esfuerzo puede enterarse de las minucias de mi vida en tiempo real, y saber además quién soy, por dentro y por fuera, qué cargo en la mente y en el corazón, cómo luzco, cómo lucen mi esposa y mi hijo, qué hago, qué no hago, qué quisiera hacer y qué no haría, qué hice habiendo pensado que jamás haría, qué no hice aunque juré que haría por sobre todas las cosas. Mi vida es hoy una suerte de libro abierto por esta persistente necesidad de expresar lo que llevo dentro y de lo que estoy hecho. Lo es como lo es la de millones de seres humanos diseminados por el mundo, movidos por la urgencia de dejar un rastro antes de que los coja ese carro o les dé ese infarto o los atrape ese cáncer o esa vejez o esa guerra y después el olvido se cierna sobre su recuerdo. Seres movidos por la urgencia de hacerle el quite a la soledad o a la indiferencia, o a ambas. Y por eso, de un tiempo para acá, mis amigos y familiares no se toman la molestia de preguntar qué hice desde la última vez que me lo preguntaron. Sencillamente lo saben, porque lo leyeron en esta novelita en tiempo real o lo vieron en esta especie de Truman Show en los que se convirtió mi paso por el mundo. Y he percibido en muchos de ellos un hálito psicológico. Por supuesto, han tenido las herramientas y el tiempo suficientes para psicoanalizarme, para diagnosticar mis patologías, para ponderar mis evidentes debilidades y mis aparentes fortalezas. Algunos, por ejemplo, sentencian que hay mucho odio en mi interior. Otros opinan que no es odio, que es resentimiento. O miedo. Unos me dicen que soy extremadamente impulsivo, que la impulsividad es mala. Y quizás lo sea. Sólo sé que antes, cuando quería agarrar el mundo a patadas, lo agarraba a patadas, literalmente. Ahora, cuando quiero agarrar el mundo a patadas, pongo música y escribo, o agarro la cámara y salgo a grabar. Y no creo que alguien salga lastimado con ello.

Facebook nació hace tres años como la red académica y social de la Universidad de Harvard. Hoy, con treinta millones de usuarios y avaluada en una suma superior a los 8 billones de dólares, es la segunda comunidad virtual más grande del ciberespacio. Inseguro con respecto al sentido, la conveniencia y el propósito de abrir una cuenta en una comunidad virtual de carácter eminentemente frívolo, cedí a la invitación de varios amigos y decidí pinchar en sign up. No puede ser mucho peor que abrir una cuenta en MSN, pensé. Aunque con dos décadas de retraso, la profecía de George Orwell parece materializada. Millones de almas en el mundo, motivadas por alguna extraña razón (aceptación social, probablemente), deciden ofrendar su intimidad al ojo agudo e implacable del Gran Hermano. Tres semanas después de creada mi cuenta, más de un centenar de nombres componen mi lista de contactos. Dispongo de acceso total a sus respectivas listas de amigos y a información tan concreta y personal como puede serlo el nombre de la pareja, el del empleador, el cargo desempeñado, las fotos de la última noche de rumba o las del paseo al mar o las del bautizo del sobrinito. A algunos de esos contactos no los he tratado más de dos veces en la vida. Otros, acompañaron muy de cerca instancias claves de mi pasado lejano y cercano. Amigos, amigas, mejores amigos, mejores amigas, novias, amores platónicos, “tragas malucas”, enemigos, compañeros, colegas, socios, todos emergen de esta especie de máquina del tiempo llamada Facebook. Y pa’ qué, pero es entretenido reecontrarse con el pasado, y volver a charlar con gente de la que no se sabía nada hace veinte o veinticinco años, gente que ahora tiene hijos mayores de lo que ellos eran cuando uno los vio por última vez. Y disfrutarlo mientras dura el encanto, y mientras aceptamos que quizás el tiempo ha trazado en cada uno de nosotros rumbos opuestos y diferencias irreconciliables. Y que en ocasiones es mejor hacer que el pasado permanezca ahí, en el pasado.