Siempre he sentido fascinación por lo “vintage”, por todo aquello representativo de una época o período de tiempo específico, en particular las manifestaciones surgidas sin el propósito de eternizarse y hacer hito en el tiempo: un aviso impreso, un recorte de periódico, una cuña radial, una propaganda televisiva. La espontaneidad de su concepción y su carencia de pretensiones en el largo plazo hacen de este tipo de piezas registros fieles del contexto cultural que las originó y testimonios de profunda honestidad histórica, como no siempre consiguen serlo las crónicas periodísticas o las suntuosas memorias que los intelectuales suelen publicar cuando se sienten arrinconados en las postrimerías de su vida. Por eso, puedo pasar horas y horas inspeccionando revistas viejas en la sala de espera de un consultorio médico, dentistería o peluquería de barrio. Por lo general, más que en los artículos suelo centrarme en los anuncios publicitarios, aquellos que anticipan el lanzamiento de ese invento tecnológico que hace años echamos a la basura, o el estreno de esa telenovela protagonizada por el gran galán o diva de época por los que nuestros papás suspiraron y que hoy sobreviven al hambre, la artritis y el abandono en un asilo de ancianos.
Fue así como no hace muchas noches, en un recorrido por entre canales de televisión, me quedé cautivado por la exquisita escena de una Claudia de Colombia en plena flor de la vida descendiendo de un Renault 12 verde biche de la mano de un aristócrata de afro con abundantes motas de pelo que le brotaban del pecho por entre una camisa de rayas a medio apuntar. Un suculento banquete vintage que bien merecía la trasnochada. No recuerdo el argumento, con seguridad no me perdí de mucho. Lo que me atrae de este tipo de joyas es claramente la forma, y no el fondo. La forma de hablar, de vestir y comportarse, la concepción temporal del lujo y del bienestar, de lo moral y políticamente correcto e incorrecto. Y esa es precisamente la clase de cosas magníficas que permite el reencuentro cultural con el pasado: comparar esas diferencias viscerales que separan a la sociedad actual de la de ayer, descubrir que mientras el cine colombiano de hace veinte años le cantaba al amor, a la interpretación más cursi, lacrimógena y ridícula que pueda existir del amor, el cine colombiano de hoy le canta a los sicarios, a los mafiosos, a la cocaína, a las mulas que se engullen racimos de condones con heroína, a las prostitutas, a los prostitutos, a los pederastas, a los asesinos, a los psicópatas. Una visión apocalíptica de nuestra realidad como habitantes de un país inhabitable. Y sin embargo yo, un nostálgico empedernido que no ha esperado a morirse para recoger sus pasos miles de veces por cada uno de los lugares en los que alguna vez fue feliz, un pesimista de tiempo completo que por momentos no vislumbra un futuro más allá de mañana, llego al final de esa inmersión en las costumbres pasadas con la firme convicción de que a pesar de lo mal que pueda oler el presente no es cierto eso de que todo tiempo pasado fue mejor, y que además de la estética y el gusto a la hora de vestirse, mil cosas son mejores en la Colombia de hoy que en la de hace dos o tres décadas. De alguna forma, componemos una sociedad mucho más madura, respetuosa y hasta cierto punto tolerante, como si la sociedad (o al menos parte de ella) hubiera ido madurando casi que a la par con uno en el transcurso de los años. Y aunque por desgracia sobreviven muchos cavernícolas que no han conseguido despojarse de su origen animal, existen probabilidades de que la sociedad que maduró a la par conmigo continúe madurando a la par con mi hijo, y que quizás para cuando él sea adulto hayamos entendido que no existe razón lo suficientemente grande para que un colombiano mate a otro, o lo discrimine, o lo robe. Soñar no cuesta nada.
Algunos hechos concretos:
El cigarrillo: cuando yo era niño el cigarrillo era socialmente aceptado. Era un indicador de estatus y de elegancia. Mis recuerdos de infancia están impregnados de un penetrante olor a tabaco. Los adultos que me rodeaban fumaban frente a mí sin el menor reparo. Tengo imágenes grabadas en la mente de una escena en un cuarto de hospital con visitantes que fumaban mientras saludaban al recién operado. No hace mucho era natural y permitido fumar en un avión, y por eso algunos aviones aún tienen ceniceros en el brazo de las sillas. Recuerdo dos profesores de bachillerato que fumaban en clase, durante los exámenes. El de matemáticas solía impresionar a sus alumnos haciendo círculos de humo. Para nosotros, él era una especie de superhéroe nicotinómano.
La basura: hace veinte años era normal arrojar la basura a la calle por la ventana del carro. Todo el mundo lo hacía. Las calles de Bogotá eran famosas por ser las más sucias del país. A ningún bogotano parecía importarle esa estadística porque, por el contrario, sus carros lucían impecables.
El alcohol: probé la cerveza a los ocho años en un paseo. Un adulto destapó una lata de Clausen y me ofreció un sorbo. Me supo a orines y sentí ganas de vomitar. No recuerdo bien pero creo que el adulto rió. La primera vez que entré a un bar en Bogotá, tenía catorce años. Fui con varios compañeros de colegio de la misma edad, pedimos cerveza y nos la llevaron a la mesa. La siguiente vez que fuimos pedimos media botella de aguardiente. Hace diez o quince años era muy normal eso de tomar y manejar. Cuando un borracho se mataba o mataba a alguien, la culpa era del carro, o del piso mojado, o del “alguien”, pero nunca del trago. Y la gente iba al entierro y después se emborrachaba para ahogar la pena y manejaba. Personalmente, confieso haber manejado varias veces en condiciones en las que difícilmente podía caminar. Por fortuna nunca fue después de un entierro. Por fortuna nunca fue antes.
La conducción: no hace muchos años se pensaba que el cinturón de seguridad era para tontos, y era de las pocas cosas que llegaba a la vejez sin haberse estrenado. Uno se parqueaba en cualquier parte, donde lo cogiera el afán. Dejaba el carro atravesado en la calle o subido en el andén mientras hacía la comprita o la diligencia del banco. Los andenes eran espacios que los conductores amablemente le cedían a los peatones entre una diligencia y otra.
Los juguetes: mi cuarto y el de muchos niños de mi generación parecían arsenales militares. En una ocasión el Niño Dios me trajo un revólver y una pistola de fulminantes, que me confiscaron en plena clase por coger a un compañero a balazos de mentiras. Tuve una ametralladora G-3 de plástico a escala 1:2 comprada en La Gran Piñata, dos corbetas y un destructor, cuatro aviones de combate, dos espadas y ciento cincuenta soldados en miniatura con dotación militar completa: fusiles, granadas y tanques de guerra. Con la escopeta neumática de mi primo jugábamos al polígono en el jardín de mi abuela y reventábamos botellas de gaseosa a balinazos. Las escopetas las vendían en la sección infantil de Iserra. Un amigo del colegio casi pierde el ojo derecho cuando disparó su pistola de gas y un diábolo le rebotó en la cara. Las pistolas, los cilindros de recarga y los diábolos también los vendían en Iserra, la mejor juguetería del país. En Navidad, echábamos voladores y encendíamos volcanes bajo la mirada complaciente y orgullosa de los adultos.
La sexualidad: el primer y único curso de educación sexual que recibí en el colegio me lo dictó un compañero haitiano cuatro años mayor que yo. El material bibliográfico incluyó varias revistas repletas de rubias con senos monstruosos, increíblemente ingeniosas a la hora de exhibir su intimidad y diestras en el uso de todo tipo de juguetes eróticos. Aprendí primero lo que era un aborto que lo que era un condón.
Nos falta mucho para que la nuestra sea una sociedad adulta. Pero es indiscutible que algo hemos evolucionado.