Remando
Friday, September 28th, 2007Cuando pequeño solía pensar que la vida me llevaría lejos. Luego fui creciendo y la idea creció conmigo. Crecí más y entonces empecé a suponerme bueno para muchas cosas: la música, la literatura, el periodismo, la escultura, el derecho, la arquitectura. Sólo era cuestión de escoger. Luego me convertí en el adulto que por momentos lamento ser, y en esa irremediable condición a veces sentí que la vida era una rapiña y las oportunidades vulgar relleno de piñata, baratijas de colores que todos se arrebataron mientras yo estudiaba cómo recoger. Y al final, ida la turba, no quedó nada más que el confeti, el papel picado y los pedazos de lo que fue una piñata a la que llegué tarde. Otras veces sentí que extravié el camino en algún punto entre mi adolescencia y mi edad adulta. ¡Pero si cuando pequeño solía pensar que la vida me llevaría lejos!, me reclamé en esos momentos en los que me sentí inmensamente perdido. Qué doloroso e inútil es reclamarse a uno mismo. Por lo general no hay respuesta, la frustración se magnifica y uno sigue ahí, inmensamente perdido. Otras veces me fustigué imaginando cómo habría sido el yo músico, el yo literato, el yo periodista, el yo escultor, el yo abogado. El yo arquitecto subsiste tras la negación. Nunca me interesó hacer parte de esa glamorosa secta del mútuo elogio que es el mundillo de la arquitectura colombiana, compuesta por estrellitas y luminarias de coctel suspendidas cinco centímetros por encima de la especie humana y tan ajenas a la realidad nacional como a la arquitectura misma. Y a veces pienso que quizás esa fea emoción no es más que resentimiento del más bajo, similar al que me produce ver esos músicos mediocres convertidos en ídolos cuando fueron tantas las noches que me quemé los ojos y el cerebro clavado en libracos de armonía, fundamentos, solfeo y nunca conseguí hacer nada más célebre que cantarle a una veintena de borrachos en un bar de mala muerte.
No hace mucho entendí que a nadie más aparte de mí mismo podía culpar por no haber sido lo que alguna vez soñé ser, o por no estar en el punto en el que se supone debería estar. Y me eché al agua y empecé a remar, solo contra mi propia corriente, o la de la vida. Hoy miro a mi lado y veo cinco almas más remando conmigo. Y por un momento me siento como el capitán de mi propio barco y ya no como el náufrago que intenta sobreaguarle en su lanchita al mar de sus frustraciones.








