El tiempo que se va
Friday, December 28th, 2007Nunca había llegado a un final de año con tanta pereza de comenzar el siguiente.
Hace poco estuve leyendo en una revista médica un artículo cuya relación con la medicina aún no logro determinar, y en el que se enumeraba una de esas listas pendejas estilo “los 10 +”, con los destinos más “singulares” (y por ende costosos) en los que es posible celebrar el año nuevo: Christmas Island, boronita de tierra en el corazón del Pacífico Sur y primer lugar del planeta en el que el reloj cambia de fecha, destino ideal para los pantalleros que le presumen a los amigos haber tenido el primer iPod que salió al mercado un año antes que saliera al mercado, o los que confiesan sin pudor o asomo de vergüenza haber pagado dos millones de pesos de hace doce años por un cuernófono celular de 500 gramos y pantalla led; Greenwich, hogar del cronógrafo oficial de la humanidad que mide la hora exacta del universo, destino de los psicorrígidos, esquizofrénicos y neuróticos que no reparan en putear al que les llega cinco minutos tarde a una cita porque “el tiempo es oro y la puntualidad una virtud de reyes”; Tonga y Samoa, par de islitas ubicadas a 500 kilómetros de distancia la una de la otra y famosas porque cuando en una son las doce en la otra también son las doce pero del día siguiente, curiosidad geográfica que se traduce más o menos en que uno podría visitar un amigo en Tonga y tomar una avioneta a Samoa en la tarde, llamarlo y decirle “qué bueno estuvo el café que nos tomamos mañana”, a lo que el amigo podría responder “si quieres voy y repetimos el plan ayer”, en una especie de paradoja temporal similar a la que experimentan miles de turistas que visitan el archipiélago con el único fin de cambiar de año dos veces el mismo año, porque para ellos una sóla vez no es suficiente y no han terminado de echarse el primero cuando ya se quieren echar el segundo; Bangkok, metrópoli de Oriente en la que es posible cambiar de año tres veces en sólo tres meses por cortesía del calendario solar, el calendario chino y el calendario tailandés, destino perfecto para los rumberos de profesión que se le pegan a la celebración de los quince años de la hijastra del vecino y al bautizo del sobrinito en segundo grado del compañero de oficina; Pago Pago, isla conocida también como Samoa Estadounidense y reconocida por ser el lecho de muerte en el que el año viejo exhala su último aliento antes de esfumarse para siempre, refugio de esos nostálgicos empedernidos que sostendrán eternamente que “todo tiempo pasado fue mejor” mientras que, aferrados a una botella y recostados contra una pared, tratarán de entonar esa horrible melodía que pregona “yo no olvido el año viejo porque me ha deja’o cosas muy buenas”, para rematar el brindis con una defensa de las virtudes del disco de acetato y la cámara de rollo.
Por mi parte, y lo repito, nunca había llegado a un final de año con tanta pereza de comenzar el siguiente. Y confieso que, a escasas setenta y dos horas del faltan cinco pa’ las doce, los abrazos y la algarabía, sigo sin saber en dónde, cómo o con quién habré de celebrar el profundo sinsentido del tiempo que pasa ante nuestros ojos de espectadores en este patético circo de la vida.
Un feliz año para todos.



