Archive for October, 2008
La lista
Saturday, October 25th, 2008
Mantener el trabajo en la compañía que me trajo a Estados Unidos, la que tantas alegrías y satisfacciones me ha dejado, la que tanto me ha enseñado de la vida, de la profesión y de mí mismo, de lo que soy capaz y de lo que no, de lo que sé y de lo que debo aprender, esa compañía que hace unos meses se propuso hacerse líder del mercado local y desde entonces se agita y convulsiona, muta y se sacude, salta y corcovea como un potro salvaje del que me aferro con todas las fuerzas para no caer y que en su frenesí avanza y retrocede, resbala, vuelve a avanzar y trepa la cuesta, conmigo encima. Mantener mi empresa a flote, la que defino y quiero como a otro hijo. Bueno, mi empresa hace años aprendió a flotar, la tarea más bien se centra en alimentarla para que siga creciendo. Alimentarla de ideas frescas, de gente nueva, buena y productiva, de gente alegre y dispuesta, de gente que no permita que nada se anteponga entre ella y sus sueños, de gente que jamás se anteponga entre los demás y sus propios sueños, de gente sincera, honesta y limpia, de gente paciente pero expectante, serena pero insaciable. Alimentarla de buen ánimo, de excelente actitud, de compromiso y rigor profesional, de pulcritud, dedicación y esfuerzo, de clientes exigentes y satisfechos, de proyectos y retos. Quiero dinero, mucho dinero, lo digo honestamente, me encanta la vil plata como le encanta a todo ser humano y el que lo niegue es un mentiroso, trabajo catorce horas del día para conseguirla y no veo la hora de tenerla por montones para despilfarrarla con los seres que amo e inundarlos de tranquilidad, para que puedan dedicar más tiempo a satisfacerse a sí mismos y menos a congraciar a los demás, para que nunca más tengan noches de desvelo y de maldita preocupación. Mi empresa, que es mitad mía y mitad de esa persona que a la vez es mi mitad, me tiene que ayudar a reunirla. Quiero estudiar mucho, aprender por montones, debo presentar un examen a final de año y necesito aprobarlo para obtener una acreditación LEED-CI y volverme parte de esa parte del mundo que se quema las neuronas para que el planeta deje de ser el basurero en el que se convirtió por culpa de nuestros abuelos, nuestros papás y nosotros mismos. Que el LEED es un negocio, critican algunos. Por supuesto que lo es, y qué bueno que lo sea, no tendría futuro de otra manera. Por lo demás, tras siglos y siglos de despotismo religioso y político, ya era hora que una verdadera buena causa se volviera fuente de riqueza. Me siento en el deber moral de ser honesto nuevamente y confesar que no extraño particularmente mi país. No extraño sus paisajes y sus montañas tanto como los extrañé en otros momentos de mi vida. He logrado sobrevivir sin la morcilla, los fríjoles antioqueños y la mazorca salada que tanto me gustaban. La Colombiana y la papa criolla perdieron su encanto cuando supe que se conseguían acá y ya me son indiferentes. Algo parecido me ocurrió con el Chocorramo y los Coffee Delight. La taza de café colombiano que me tomo en la oficina cada mañana no sabe mejor o peor que cualquier café que haya probado en Bogotá, pero sí puedo decir que la maquinita que lo prepara se tarda cinco minutos menos en tenérmelo listo que mi cafetera de allá, y además me deja una deliciosa capa de espuma en la superficie con la que juego entre sorbo y sorbo. Extraño las hamburguesas de El Corral, pero no lo suficiente como para tomar un avión. Pero la ausencia de mis padres, en cambio, se siente como mil agujas que me atraviesan el corazón, cada una un millón de veces por segundo. Las he contado. Por ellos, sólo por ellos (y bueno, está bien, para no sonar apátrida diré que también por los paisajes, las montañas y todo lo demas) sé que voy a volver pronto, así sea por un tiempo. Pero quiero volver con otra cara, con otra actitud y en circunstancias muy diferentes, para poder mirar por encima del hombro a quienes desde el suyo me miraron alguna vez.
- “¿Crees que voy a poder con todo esto, mamá?”
- “No lo dudo ni por un instante”, me contesta ella.
Cuelgo el teléfono, y sigo trabajando.


